domingo, 5 de julio de 2020

De Hiatos y Grietas - "Punisher" de Phoebe Bridgers (2020)

¿Cómo puede Phoebe Bridgers tener dos años menos que yo y haber vivido lo que parecen ser tres vidas humanas enteras?

Tengo la hipótesis -bastante temible, de ser cierta- de que todo es lo suficientemente interesante, o venerable, o inclusive maravilloso si nos detenemos y le prestamos la suficiente atención. Si hacemos zoom y nos concentramos en los límites, en las superficies, en las marcas, en las formas. Tengo la hipótesis adicional de que con la música en particular sucede eso: si ponemos en pausa nuestros parámetros y gustos -siempre tan a flor de piel-, si nos detenemos y profundizamos en una letra, un disco o un artista, vamos a encontrar casi siempre algo admirable, algo impactante, algo importante. Algo que nos sacuda, incluso que nos deje en eso que los yanquis llaman "awe" (una reverencia combinada con miedo y respeto). Supongo que la mayoría de nosotros tenemos algo para decir, y que la mayoría de nosotros estamos demasiado ocupados para escuchar lo que los demás tienen para decir, pero también que si nos detenemos y nos enfocamos, encontramos universos (a falta de una palabra mejor) en las cosas.

Esta idea no es 100% mía, claro: le pertenece a la humanidad y en particular a una amiga cercana, que puede o puede no experimentarla de forma intensa a causa de drogas alucinógenas. Pero bueno, se entiende.

Se requiere mucho coraje para mostrar los huesos, tal como hace Bridgers en este disco

El segundo disco de Phoebe Bridgers -la jovencísima, talentosísima, graciosísima, alternativísima cantautora norteamericana- es, en primer lugar, precisamente eso: un universo. Es un pequeño cosmos con límites propios, pero que se vuelven evidentes sólo si nos zambullimos. Como calificativos y modificadores directos, podemos decir que es un universo onírico, es un universo nebuloso, es un universo etéreo. En este, su segundo disco, Phoebe continúa lo que empezó en su disco debut con letras introspectivas, dramas autobiográficos y guitarras espaciadas y ambientales. Pero cambia en al menos dos direcciones: esos dramas ahora tienen esquinas más filosas, y la música (en particular las guitarras y cuerdas) están mayoritariamente detrás de un velo grueso, y nos llegan desde lejos, a veces apenas desafinados, a veces sencillamente distantes. La canción que abre el disco, "DVD Menu" (una introducción instrumental y casi literal al disco que loopea una melodía del primer disco de Bridgers) nos sugiere que el álbum es una experiencia, o una unidad, o una entidad discreta, y la canción que sigue, "Garden Song", refuerza ese aspecto etéreo y onírico como telón del disco. Con su voz suave y característica, Phoebe fantasea con vivir en la casa con jardínes del interlocutor, una casa en la que ya vivió "hasta que todo se consumió en llamas excepto las muescas en los marcos de las puertas". El futuro es descrito como un sueño: en él encontrará a su interlocutor (posiblemente un interés amoroso) quien le tocará la pierna pero con quien no llegará a tener sexo porque el sueño termina súbitamente. En el sueño, Phoebe consigue todo lo que quiso, y tiene todo lo que alguna vez deseó.

"Kyoto" rompe con la ensoñación y aplasta con sus guitarras definidas y vientos tan bien orquestrados, y nos narra el día libre de Phoebe en Kyoto, donde visita templos, tiendas de videojuegos, y hace llamadas a través de teléfonos fijos. Pero, otra vez, aparece el recuerdo: el interlocutor (misterioso y siempre presente: las canciones de esta piba son diálogos unidireccionales y confesiones anónimas) que alguna vez llamó para desear un feliz cumpleaños y erró por diez días; el par (¿un familiar? ¿El padre?) que reparó un tractor y les permitió manejarlo a Phoebe y a su hermano menor. "No te perdono / pero no me lo recuerdes todo el tiempo". Si "Kyoto" nos despertó del sueño de "Garden Song", la canción homónima, "Punisher", nos devuelve a un ambiente onírico, donde otra vez hay caminatas, recorridos, casas habitadas en el pasado, y cierta nostalgia por lo desconocido: "¿Qué pasaría si te dijera / que siento que te conozco / aunque nunca nos vimos?". Bridgers confirma el temor de Foster Wallace: se puede extrañar algo o alguien a quien nunca se conoció. Y en "Halloween" -otra canción que nos llega a través de un estado de duermevela- la cantautora nos recuerda cuán bien maneja la ironía y el humor oscuro: otra vez recordando, esta vez nos cuenta que odiaba vivir junto al hospital y que si se despertaba por las sirenas, "más vale que fuera porque alguien se estaba muriendo". El pasado tira, pero no es una fuerza impersonal, sino encarnada: "Harta de las preguntas que continúo haciéndote / que te hacen vivir en el pasado / pero puedo contar con que me dirás la verdad / cuando has estado bebiendo y llevas puesta una máscara". Sucede que es Halloween (esa esquiva tradición que los cristianos olvidan que tiene raíces tanto paganas como doctrinales). Y en Halloween "podemos ser cualquier cosa".

Una de mis canciones favoritas en el disco, "Chinese Satellite" sintetiza bien el choque entre las expectativas y la realidad, entre lo que deseamos (o lo que desearíamos desear, dado que en realidad no lo deseamos) y lo que el mundo nos ofrece. Phoebe ha estado caminando en círculos (en un sentido personal más que literal) "fingiendo ser yo misma". Pero "¿por qué alguien haría eso a propósito / cuando podrían ser algo más?". Repitiendo la letra de una canción que no le pertenece, el lado romántico de la artista la lleva a caminar para ver las estrellas. Pero es 2019: no hay un cielo estrellado, no hay luces. Por lo que Bridgers le pide un deseo a lo que probablemente sea un satélite chino. Mirando al cielo, "quiero creer / pero sólo veo el cielo y no siento nada / Sabes que odio estar sola / Quiero estar equivocada". Bridgers recuerda cuando su interlocutor discutía a gritos contra los evangélicos (¿Quién no?) y los evangélicos le respondían también a gritos: "Me dijiste que nunca sería tu vegetal / porque una vez que te vas, es para siempre / Pero sabes que me pararía en la esquina / Avergonzada y con un cartel / Si eso significase que te vería cuando me muera". Sea que le hable a una persona muerta o de forma figurada a un amor ausente, Phoebe intenta luchar contra su escepticismo, dispuesta a volverse uno de esos dementes religiosos en harapos con carteles sobre el apocalipsis, sólo para terminar viendo su escepticismo reforzado al terminar rezándole a una máquina construida por manos humanas que surca el cielo. "Cuando no puedo dormir / es una cuestión de tiempo hasta que empiezo a oir cosas / Juraría que puedo sentirte a través de las paredes / Pero eso es imposible". ¿Cuán dispuestos estamos a rendirnos y dejar de ser quienes somos, a entregar partes y convicciones propias, cuando la recompensa es un reencuentro? La frase "Todos somos ateos hasta que el avión empieza a caer" es errónea en al menos dos sentidos. Primero, como detalla genialmente Don DeLillo en White Noise, a veces conservamos un miedo purísimo y transparente mientras el avión cae, sin necesidad de rezar. Segundo: no necesitamos ser nosotros quienes vamos en el avión que cae para ver nuestras creencias en jaque. De hecho basta con que la víctima sea un ser querido, y con que la recompensa sea un reencuentro. Como jóven de 28 años, le pregunto a Phoebe: ¿Todo lo que nos rodea es función directa de lo que queremos a los demás? ¿No hay estructuras que puedan permanecer de pie cuando se empiezan a torcer ciertas clavijas, verdad?

¿Estamos solos?

"Moon Song" combina el motif del amor/sexo no recíproco con la frustración y la satisfacción onírica: el interlocutor no da a la narradora (o a Phoebe) lo que ella quiere, y después de discutir sobre Eric Clapton y John Lennon, ella se va a dormir enojada pero sueña que él (el interlocutor) está cantando en su cumpleaños. "Nunca te vi sonreir tanto / Y el cumpleaños es temático sobre el mar / Y hay algo que se supone que debo decir / Pero juro por mi vida que no puedo / Recordar qué". Los últimos versos de la canción son llamativamente tétricos. Me ahorro comentarios y los insto a que los consulten ustedes. Pero esa sensación de offside se enlaza con sentimientos estrangulados y con malentendidos radicales, el tema central de "I See You", donde Bridgers canta irónicamente "Si eres una obra de arte / entonces estoy parada demasiado cerca / Puedo ver las pinceladas / Odio a tu madre / Odio cuando abre la boca / Es increíble cuánto puedes decir / Sin saber de lo que estás hablando". Madre a un lado, Phoebe admite que siente cosas cuando ve al interlocutor (lo cual es un milagro para alguien como Bridgers que convive constantemente con un sentimiento de anhedonia crónico y que, como muestra en el disco, ensaya diversas maneras de sentir, de creer, de experimentar la vida). Pero el problema no es tanto del cuadro o del artista como de la observadora: "No sé lo que quiero / hasta que la cago".

El disco cierra con "I Know The End", mi otra favorita. Y es que no puede no ser una favorita, hermano, dale, media pila. Después de añorar el hogar lejano y de sentirse melancólica, Phoebe fantasea con "hacer tres clicks y estar en casa" (como Dorothy en El Mago de Oz). Admite que está "romantizando una vida tranquila" y que "no hay lugar como mi cuarto". Pero, como todo en este disco, la meta está lejos de la ubicación actual: aunque se añora el hogar, allí no está la persona que se desea. Esa persona "se tuvo que ir" (¿Muerta? ¿Ausente?), y Phoebe lo entiende, lo que explica que no haya prisa por volver. Es factible que el objeto de la canción sea una pareja o ex-pareja, a quien Phoebe "siempre aleja de sí", pero que "siempre vuelve como la gravedad", y que cuando ella llama, él "viene a casa / con un pájaro entre los dientes". Relaciones problemáticas y ciclos de alejamientos y acercamientos (como el cosmos de "Chinese Satellite"). Phoebe se admite como una persona compleja y difícil, que no va a permitir (como Dorothy) que su ciudad sea engullida por un tornado. Al revés, va a invertir la regla, y perseguir el tornado. En el crescendo que lleva hacia el final enloquecido y reverberante del álbum, Phoebe precisamente hace eso: persigue al tornado, en el sentido de avanzar registrando e incorporando los elementos a su paso. Manejando bajo el sol, cubierta de luz, buscando un mito de origen pero sólo logrando romperse los dientes, gritando encima de una canción (Old Country Road, probablemente), Phoebe es asaltada por elementos que son simbólicos (aunque paganos) en la vida de cualquier veinteñaero/a/e en el siglo XXI: mataderos, tiendas de descuentos, fichines, temor de Dios, ventanas bajas, calentadores encendidos, truenos, conspiranoicos y creyentes. Por entre todo esto (que replica en escala pequeña todas las demás viñetas del disco), Phoebe apunta a un sólo objetivo: encontrar un nuevo lugar donde pertenecer, "una casa encantada con una cerca / donde flotar y asustar a mis amigos". Por sobre un frenesí de cuerdas y guitarras ascendentes, Phoebe canta que no tiene miedo de desaparecer, y que la marquesina señala que "El fin se acerca". Ella se da vuelta, y no ve nada detrás (¿Dónde están todas las cosas que acaba de nombrar?). Por lo que admite, "Sí, supongo que llegó el final", y repite la frase como un mantra, a los gritos y acompañada de sus colegas y otros músicos (Conor Oberst, Christian Lee Hutson, Julien Baker) que, hoy día y como muestran varias entrevistas, funcionan como la familia extendida de Phoebe. La canción se apaga y Phoebe queda gritando afónica sobre el vacío, y la melodía que da cierre a la canción conecta con el instrumental que abre el disco, "DVD Menu". Un disco discreto y unitario, a la vez que cíclico.

Creo que el eje del cosmos que nos presenta Bridgers en el disco es bastante inasible, y no creo poder capturarlo en palabras. Quizá esa es la gracia. Pero, si intento con fuerza, puedo decir que ese eje se vincula con el espejismo en el centro de los sueños, de las alucinaciones y, por qué no, de los deseos: el hiato, la distancia, la brecha entre lo deseado y lo obtenido, entre la expectativa y la realidad, entre lo que creímos que era y lo que la realidad nos empuja a la cara. El sueño aparece como un escape ("Moon Song", "Chinese Satellite") o como un destino ("Garden Song"), y la creencia como un puente ("Chinese Satellite") pero lo que motoriza las letras es, creo, ese sentimiento nostálgico, acerca de lo que ya no está, e incluso acerca de lo que jamás estuvo (nuevamente, Foster Wallace ubicó de forma genial esa tristeza en segundo plano propia del siglo XXI, en parte filogenética y en parte individual, que nos hace extrañar aquello cuya existencia nunca experimentamos pero que igualmente deducimos e inferimos). Ese sentimiento de falta o de carencia insoportable mueve, empuja: nos hace hablar y nos hace actuar. Por supuesto está destinado al fracaso: las palabras se olvidan, los actos no encajan. La casa de la infancia ardió hasta los cimientos, los astros se ocultan, los muertos nunca regresan, el amor no siempre es recíproco, a pesar de que llevemos al extremo nuestro "complejo de mesías" ("Savior Complex"). Y sin embargo, a pesar de todo, hablamos, actuamos... cantamos. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Ironía, contingencia, solidaridad: Father John Misty - Off Key in Hamburg (2020)

¿Qué es lo íntimo? ¿Qué es lo propio? ¿Se puede ser cándido si a la vez se es un poco irónico? ¿Es posible comunicar grandes verdades (aunque sean propias) sin un poco de ironía? ¿Se pueden tacklear los grandes temas (de la humanidad, del ser humano, de las relaciones, etc.) sentado en un piano con un público de mil personas y asumiendo un personaje? ¿Qué queda si multiplicamos algo dicho en serio y de forma llana por algo dicho de forma sardónica por algo dicho de forma seria por algo dicho de forma ácida por algo dicho, finalmente, de forma desgarradoramente abierta?

Hace unos seis días, Father John Misty publicó en Bandamp "Off Key in Hamburg", un disco que comprende su presentación en Hamburgo de hace un par de años y en pleno tour de su último album de estudio, "God's Favourite Customer" (2018). Off-Key in Hamburg son 20 canciones, hora y media, con (ojito esto) acompañamiento bellisimo de orquesta y cuerdas, donde el Papa John Murphy repasa parte de su carrera, incluyendo la mayoría de las canciones del disco mencionado mechado con grandes éxitos (?) y viejos clásicos (??) de obras anteriores. Ecléctico hasta en los momentos críticos, el disco captura una presentación realmente íntima (aunque no por eso acústica) de uno de los artistas más extraños y bizarros, y mal que le pese humanos, de los últimos quince años. La publicación del disco coincide con la pandemia del coronavirus, y los diez dólares que cuesta (y que pagué) van para el fondo para musicos en el contexto de la parálisis de la industria en estas semanas.

Tiene un halo pero es el sacerdote más secular que conozco 

El timing parece ser uno de los fuertes del disco y del Papi Jack Morning en general. La herencia sureña gótica de Misty (la personalidad asumida en 2012 por Josh Tillman) juguetea con el apocalipsis y la caida de la civilización occidental desde hace rato. Y lo hace de forma ácida, sardónica, siempre como diciendo "bueno, ¿ven?, esto que se nos viene encima lo creamos nosotros, nos lo merecemos". Publicar un disco en vivo cuyo dinero se dirige a la supervivencia de los músicos indicaría que Tillman quiere seguir viviendo, después de todo.

Pero el timing no se limita a eso, que incluso podría verse como una movida cínica. No, para nada, y al contrario: el disco -las canciones que rescata, pero también el mood, el acompañamiento, lo desnudo de algunas tomas- viene de alguna forma a reforzar cierto espíritu comunitario en la adversidad, cierta apelación al sentido común y a advertirnos, sí, de la mierda que creamos y que se nos vino encima, pero también viene a recordarnos las razones y las formas para seguir adelante. Sea que Misty hable se su propio aislamiento autoimpuesto y caiga en una espiral de autodesprecio y de ironización (Hangout at the Gallows) o de la manía que surge ex nihilo de la cabeza del artista (Mr. Tillman), el mensaje parece seguir siendo "estamos todos metidos en esto, a ver cómo salimos".

Es obvio que este mensaje aparece más claramente en las apelaciones "colectivas" de Misty: las canciones donde de forma abierta y clara habla del capitalismo, del horror de la civilización, de cómo nos molemos a palos y después no sabemos qué hacer. "Things It Would Be Helpful To Know Before the Revolution" es un ejemplo claro: hacemos la revolución para salvar al planeta, sacrificamos parte de la civilización, involucionamos, pero de alguna forma sobrevivimos mejor. Hasta que el planeta empieza a congelarse otra vez por la falta de la acción de los humanos y 'un grupo de visionarios' (probablemente científicos) empieza a crear commodities para que la humanidad no perezca, y así se relanza el ciclo de destrucción. La esperanza está, igualmente: vivimos en "esta roca sin Dios que se rehusa a morir".

Como decía más arriba, el mensaje colectivista y de superar el pánico sin olvidar que la destrucción la provocamos nosotros aparece en las canciones más "políticas" del disco y del artista. Pero, insisto, es mucho más rico rescatar cuando Misty solapa esa cuestión con la perspectiva más individual, o más subjetiva: es decir, cuando tamiza su visión del mundo a través de sus sufrimientos amorosos o de su alienación afectiva (porque, en definitiva, somos animales sociales, y Tillman lo admite, lo niega, lo reprime, lo admite, lo decora, lo critica, lo expone, y le saca el jugo a ese drama). La hermosísima "Holy Shit", que en el album I Love You Honeybear (2015) es una de las perlas y que también se destaca en Off Key in Hamburg, es precisamente eso: el retrato de una forma de recibir el bombardeo de todo (realmente de todo: los medios, los mensajes políticos, el feminismo, el capitalismo, las series, el incesto, la psicología pop), ese bombardeo que mina certezas y nos aliena y normativiza (aún sin admitirlo), y la pregunta más lógica ante toda esa melange de Siglo XXI: "¿Qué tiene que ver eso con vos y conmigo?". La maniobra es brillante, y por eso me demoro en ella: el holocausto, la revolución, el comentario del comentario (el meta-comentario), los roles de género, la sátira, el sexo sin amor, la independencia, la felicidad, los grandes cliches ("nadie llega nunca a conocerte realmente", "la vida es corta", "El amor es una construcción social/una institución/una economía desigual"), y después de todo ese edificio teórico enorme, un ser humano que se pregunta, "Sí, bueno, pero... ¿qué tiene que ver todo eso conmigo, conmigo como individuo?". El acompañamiento de la orquesta subraya lo sublime y lo simultáneamente llano del planteo.

Ola

"Planet cancer / Sweet revenge", canta Misty en Holy Shit, y es que si bien no es un ambientalista declarado o activista, nuestro cantautor está dentro del grupo de personas que se preocupa por cómo el mundo se cae a pedazos, aunque dado que se trata de Misty, se preocupa mientras tiene una media sonrisa en la cara y el ceño fruncido y una mirada acusatoria. Su anteúltimo disco, "Pure Comedy" (2017), que para mi es una obra maestra aunque fue cagada a palos por la crítica por demasiado extensa, viene a ser eso: una crónica predominantemente desapegada y ácida de la tragedia humana, desde el nacimiento hasta la muerte, desde el origen de la civilización hasta su inevitable caída; una tragedia que Misty tiñe de ironía para convertir en una comedia. En la canción homónima de ese disco, una bestia de siete minutos que en esta presentación en vivo es uno de los mejores momentos del albúm, la narrativa es dolorosamente apropiada para esta coyuntura histórica que estamos viviendo: desde el paleolítico (cuando nos repartimos de forma asimétrica los roles de crianza y caza), hasta el surgimiento de la religión (con un Dios que significa el horror de la civilización), hasta las atrocidades cometidas en su nombre (que son atrocidades 100% humanas), hasta los laberintos linguísticos que nos hacemos -¿los filósofos? ¿los científicos?- y refuerzan nuestras certezas vacías, pasando por cómo envenenamos a nuestros propios hijos y después premiamos y patentamos las curas (teléfono para el COVID-19): todo, todo todito apunta a que no podemos culpar a nadie más que a nosotros mismos en el panorama grotesco que colapsa. "¿Qué te parece esta ironía?: / Nuestra idea de libertad / es una jaula de creencias / que no necesitamos abandonar jamás".

¿Qué hacer en un escenario nefasto de pandemia y muertes y aislamiento? En la canción homónima de su segundo album, I Love You Honeybear, Misty combina escapismo con franqueza: "Que se joda el mundo, esa enfermedad clara / Mi amor, sos con quien quiero ver cómo se va todo a la mierda". Y después, "No sé cuánto dura un momento / a menos que nos estemos fumando en el colchón / mientras la bolsa internacional cae". Todo está condenado, nada ni nadie va a ser perdonado, pero Misty igualmente canta que ama a su pareja. Lo mismo se ve en la versión (ahora mejorada) de Chateau Lobby #4 (In C for Two Virgins): comunidad con el otro en odiar las mismas cosas, ver la nobleza de quien amamos en actos zonzos como comer una tostada, corroborar que tenemos varios tipos de virginidades y que las vamos perdiendo muy paulatinamente. La intimidad forzada por la pandemia, vista a través de los lentes de una nueva conciencia de que todo se está yendo a la mierda. Lo que sí, con tan pocas personas en los supermercados, es muy improbable que conozcamos al amor de nuestra vida en estos meses, tal como le pasó a Tillman según canta en la muy dulce y vulnerable I Went to the Store One Day.

La realidad no deja de ser una meta-ironía, y esto lo digo yo, porque los albumes de Misty registran cierta evolución que, aunque es real y para nada ficticia, parece sacada de una novela y tiene paralelismo con lo que nos pasa en la pandemia. En Fear Fun (2012) encontramos un collage de ideas poco coherente y que se caracteriza por la sorna y el desapego: es el nacimiento del personaje de Father John MIsty. Tres años después, hay muy poco de ironía en las canciones sobre amor y vínculos y comunicación de I Love You Honeybear: Misty dejó envolverse por el amor y se propuso, de hecho, hablar de forma lo más sinceramente posible sobre el tema, y le salió (mas o menos). Pure Comedy (2017) es lo contrario: Misty está más ocupado de reirse del cataclismo y apuntar con el dedo que otra cosa. El disco corroe ácido en su mayor parte (aunque hay ejemplos bellos de humanidad y afecto). Y en el interín entre ese disco y God's Favourite Customer del año siguiente, Misty se recluyó varias semanas en un hotel (la crónica se describe en la canción The Palace y en el video de Mr. Tillman), alejándose de su mujer y musa, probablemente por una infidelidad. El disco es una crónica de un aislamiento autoimpuesto pero también impuesto por las circunstancias, en un contexto de comer sólo snacks y torta y agua, donde Misty pasa de estar suicida a estar feliz a estar drogado a estar sencillamente vacío. Y sólo después de cierta purga puede volver a su casa con su pareja. Durante su encarcelamiento, en uno de sus sueños febriles, piensa en su mujer, admite que ella es lo único que tiene, y le dice "Ponete en mis zapatos / Sos demasiado como para perderte / Por favor, no te mueras / Donde sea que estés esta noche". ¿Quién en esta pandemia no le desea el bien a quien está lejos tiene nuestro corazón en su mano?

Al final de "Pure Comedy", después de gritar indignado que todo esto parece un invento de un loco, Misty susurra: "Sólo existe materia azarosa suspendida en el espacio / Lamento decirlo, pero lo único que tenemos es los unos a los otros". Comunidad forzada ante la súbita realización de que es o convivir o morirnos, o colaborar o seguir rompiendo todo (incluso nuestro interior individual).

Off Key in Hamburg termina con Leaving LA: una épica de 12 minutos con un acompañamiento orquestal sutil, donde Misty se pone en modo 150% Misty y narra de forma extremadamente autoconsciente y crítica su éxodo ficticio de Los Angeles (la misma ciudad que Bad Religion prende fuego y que enloquece a las mujeres plásticas que mueren mil muertes antes de ser enterradas según St. Vincent). Pero el éxodo es en realidad una excusa para reflexionar sobre su propia carrera (Still I dreamt of garnering all rave reviews / Just believably a little north of God's own truth / "He's a national treasure now, and here's the proof / In the form of his major label debut" / A little less human with each release / Closing the gap between the mask and me), sobre su público (And I'm merely a minor fascination to / Manic virginal lust and college dudes), sobre la crítica ¡a la misma canción que está cantando en ese mismo momento! (Some 10-verse chorus-less diatribe / Plays as they all jump ship, "I used to like this guy / This new shit really kinda makes me wanna die"), y sobre lo impropio de la comedia trágica de la realidad (That's when I first saw the comedy won't stop for / Even little boys dying in department stores).

Leaving LA, de Off-Key in Hamburg (2018/2020)


Ya hay que ir cerrando el posteo porque veo que se están aburriendo. Así que volvamos al punto. 

En una entrevista ya clásica de Charlie Rose a David Foster Wallace (autor leído por Misty y cuyo libro La Broma Infinita es el 99% de la inspiración de Total Entertainment Forever, canción también que está en Off-Key), el escritor norteamericano decía algo que, en mi opinión, es un peñasco de la realidad, un trozo indiscutible del telar de todas las cosas, que a su vez la obra de Father John Misty permite alumbrar y reconocer. Discutiendo sobre posmodernismo, arte y literatura, Wallace decía que el movimiento ya se había agotado, y que se había vuelto una influencia negativa porque las novedades del posmodernismo, en particular la ironía y el cinismo, que eran medios para un fin, ahora se habían vuelto engranajes autónomos y autodinámicos del sistema. En otras palabras, algo con una función totalmente negativa como lo es la ironía, que antes tenía un objetivo claro (revisar las certezas de la modernidad, etc.), ahora se había autonomizado como un fin absoluto, un toro en una cristalería. Las consecuencias: una corrosión del alma, de lo humano, de lo llano y liso y directo y cándido y sincero. Esta idea está volcada en varias piezas de no ficción y principalmente en La Broma Infinita, de Wallace, pero el punto es el mismo: la ironía se volvió un escudo para enturbiar lo honesto y lo claro (las razones son varias: porque está socialmente valorado, porque es temible ser transparente, etc.). Lo inocente, lo cándido, hoy es cringe (esta palabra nefasta que viene a ser el último clavo en el ataúd de lo que intenta no ser hipster o edgy). 

Wallace hablaba en 1998. Hoy, 22 años después, podemos decir que tenía razón y que lo que él describía siguió su curso lógico. Creo que Father John Misty es un estudio de caso muy interesante en este dilema (el de la honestidad vs. la ironía, la apertura vs. el cinismo), en particular porque es usualmente encasillado como un hipster roñoso e intelectual en las antípodas de la 'nueva sinceridad' por la que abogaba Wallace. Me parece, sin embargo, que eso es un juicio apresurado, quizá incluso obra de los propios hipsters que quieren alejarse de él porque ya se ha vuelto masivo y no les permite cobrar su bono de 'exclusividad' (serán pelotudos muchachos, ¿eh?). Prestando atención al detalle de las composiciones de Misty, encontramos que intenta ser de una forma bastante deliberada un punto medio entre ambos extremos. O, más bien, intenta ser un tránsito desde la acidez poco comprometida y con sorna propia de nuestra época, hasta un nuevo tipo de honestidad y sencillez (que tampoco es la inocencia poco funcional de las criaturas de 5 años, y que incorpora lo cómico del drama humano pero eventualmente se compromete a reconocerlo y a no caricaturizarlo). Esta breve entrevista donde Misty precisamente describe el origen y significado de Leaving LA, es clara muestra de lo complejo pero rico del esfuerzo por superar esa bipolaridad feble. La lírica, la composición y las temáticas de estas canciones, integradas a una presentación en vivo pública pero a la vez privada y con momentos realmente sublimes, permiten ubicar a Misty como uno de los artístas mas sensibles de estos últimos años, y permiten ubicar al propio Off Key in Hamburg como un punto de llegada (o una estación más, quizá) en el tránsito del artista desde un personaje unidimensional irreverente y consciente de sí mismo a un ser humano que intenta lidiar con la complejidad y multidimensionalidad de un mundo como el nuestro: un mundo con guerras, con desigualdad económica violenta, ahora con pandemias, y a su vez en otro nivel, un mundo con soledades, con desarraigos, y con desconexiones. 

Misty decía hace unos años en una entrevista: "la primera vez que comí hongos me di cuenta que simplemente debía ser yo mismo. A veces eso significa ser superficial. A veces eso significa ser obscenamente vulnerable. A veces significa ser gracioso. Y a veces significa ser banal". Volviendo a las preguntas del inicio de este posteo, parece que Misty nos da un argumento (quizá más que un argumento, un ejemplo) que respalda ciertas posibles respuestas: se puede ser cándido e irónico, mientras la ironía no tape el mensaje y lo que de nosotros se abre paso hacia afuera; es decir, mientras sea un condimento que funciona, incluso, como palanca para que podamos empatizar con un algo o un alguien complejo, enrevesado, que está esforzándose horrores por hacerse entender. No parece ser posible comunicar grandes verdades sin un poco de ironía, pero debe igualmente hacerse el esfuerzo, so pena de alienarse, y la advertencia siempre está: que la ironía sea un tránsito, y uno breve. 

Escuchar (y oir) a Father John Misty, en particular en esta presentación en vivo, si lo hacemos de forma abierta y dispuesta, es en definitiva mirar los pilares básicos de la humanidad (en particular el amor y los vínculos afectivos) a través del prisma caleidoscópico (¿existe eso?) de la realidad sostenida por esos pilares: el capitalismo, las expectativas, el alcohol, la locura, la ironía, las instituciones, los grandes discursos. Escuchar Off Key in Hamburg es como hacer un zoom in hacia la miseria entremezclada con la gloria -en serio-, y después de empaparse en eso hacer un zoom out que nos deja un poco confundidos, un poco agradecidos y con los pelos de la nuca erizados. ¿Qué queda si multiplicamos algo dicho en serio y de forma llana por algo dicho de forma sardónica por algo dicho de forma seria por algo dicho de forma ácida por algo dicho, finalmente, de forma desgarradoramente abierta? Dos cosas: un mensaje conmovedora y realmente humano, y este album.