viernes, 3 de mayo de 2019

Vampire Weekend - Father of the Bride (2019)

Lo prometido es deuda, y a menos de 24 horas del estreno oficial (y a menos de 48 horas que conseguí una versión pirata), A la Izquierda del Dial[1] pone a vuestra disposición una crítica argumentada del cuarto disco de Vampire Weekend, la que dijimos que era la banda más blanca que pisó la tierra.

El disco llega después de 6 años de Modern Vampires of the City. En estos 6 años Rostam, el productor y multiinstrumentalista de la banda, se mandó a mudar; todos los miembros restantes menos Ezra sacaron discos solistas, y este último se concentró en sufrir por sus relaciones amorosas, escribir cuentos cortos con alumnos de la universidad, y mudarse de Nueva York a Los Ángeles. Con más de media década desde su último esfuerzo y con semejantes cambios, era esperable que la banda se aproximara al proceso de composición de una forma distinta que como lo hicieron para sus discos anteriores. Y como vaticinábamos en nuestra reseña del EP que publicaron hace seis semanas y que contaba con 6 de los 18 temas de la versión final del disco, este cambio ya era evidente: el extended play mostraba una producción más ligera y menos 'abarrotada', que sin perder la complejidad, era un alejamiento por parte de Koenig y compañía del estilo intrincado que los caracterizaba hasta el momento. Hipotetizábamos que la banda quizá iba a sacrificar experimentación por un approach más convencional a las composiciones.

Esto se puede observar con toda claridad en el disco completo, que ya está disponible en Spotify y en todas partes. Un doble álbum con 18 canciones pero que dura menos de una hora, Father of the Bride (que toma el título de la película de Steve Martin) nos llega como una colección o collage de ideas con distintos niveles de complejidad: hay en el disco canciones muy cortas con ideas relativamente sencillas (Big Blue, 2021, Hold You Now), canciones cortas muy producidas y rebuscadas (Bambina), canciones largas complejas (Harmony Hall) y canciones largas sencillas (This Life). Se capta la idea: el disco parece realmente un libro de cuentos ligeramente conectados por historias y temáticas comunes.

Esta diversidad sónica, que rompe con la polaridad "canciones cortitas/canciones complejas" que venía manejando la banda, se entronca con otras novedades . En primer lugar, la participación de artistas invitados: el guitarrista Steve Lacy de The Internet, que tiene a cargo la guitarra sabrosa de Sunflower y de Flower Moon, y la cantante Danielle Haim, que aporta acompañamiento en algunas canciones pero que tiene duetos completos con Ezra en tres canciones: Hold You Now, Married in a Gold Rush, y We Belong Together. En segundo lugar, la inclusión sin disimulo de influencias de blues y de country (evidentes en Rich Man y en los duetos), que complementan los siempre presentes guiños a la música africana y a la world music, que hicieron conocida y odiada a la banda ("apropiación cultural", dijeron).



Me sorprendió gratamente que el EP no tuviera los mejores temas del disco (algo que el propio Koenig reconoció que quería evitar, porque caso contrario al escuchar el disco la sensación es de decepción, y tiene razón). En efecto, si bien aquel extended play era representativo del enfoque del disco, no lo era del alcance del mismo: después de una canción acústica sencilla que abre el disco narrando o una ruptura en plena boda o en un último intento por ganarse el amor de un imposible (Hold You Now), Harmony Hall (el single principal del disco) nos bombardea con harmonías acústicas claras y con pianos, y a partir de ahí las siguientes canciones amplían por mucho la paleta: Bambina, una composición que hace bailar hasta a un muerto, es una de las varias canciones del disco que tocan el tema de la religión, y donde Ezra, hablando desde el punto de vista de un cristiano, se despide de su bambina (que puede ser la música, como era en Step, o una persona real, o incluso una facción política) diciendo que su corazón religioso no aguanta la violencia que la rodea. La ironía sobre la naturalización y la invisibilización de la violencia va directo al punto cuando Koenig canta "No signs of injustice / No signs, but the flames that are filling up the room / Fire cannot be trusted". De esta canción corta y festiva pasamos a la ya reseñada This Life, donde el narrador se lamenta de cómo haber esquivado el sufrimiento durante su vida ahora lo deja vulnerable a que su mundo se venga abajo cuando tantas, tantas cosas (el odio, el amor, los sueños, los tambores de guerra) se cobran su relación. De ahí a Big Blue, donde la cuestión ambiental y de cuidado por el planeta entra de lleno y el narrador describe cuán sobrecogido se sintió cuando la conexión con ese planeta lo cobijó estando él hecho poronga. Y de ahí al sexto tema, How Long?, donde las interpretaciones se reducen a dos: o el narrador se plantea cuánto falta para que su país se vaya al fondo del mar después de tanto desastre y competencia y desigualdad, o el narrador se plantea cuánto falta para que su relación se vaya a pique por la insistencia de los mismos hábitos y sandeces ("What's the point of getting clean? / You'll wear the same old dirty jeans / What's the point of being seen? / Those eyes are cruel, those eyes are mean).

Van seis temas, un tercio del disco y ya cambiamos de emociones cinco veces. Y es que uno de los atractivos de Father of the Bride es su intensidad melancólica y a la vez maníaca, intentando buscar sentido en las miserias cotidianas de la vida de un tipo como Koenig, que se toma a sí mismo tan en serio que podría ser el hermano menor de Father John Misty. La ironía, el sarcasmo, y la sobre-descripción de lo mundano aparecen en el álbum no tanto como un reflejo de la fascinación de Koenig por el humor observacional de su ídolo Seinfeld, sino como un recordatorio de que la vida no es tan compleja después de todo, y que un neurótico como él tiene que forzarse a recordar ese detalle una y otra y otra vez. El proceso, y el trayecto mismo, es un subi-baja emocional constante, y esto no cambia en las 12 composiciones restantes.

Al menos la manía de Koenig ahora se nutre de otras fuentes, lo que lo vuelve más humano y cercano: además de tener guiños a canciones de Bob Dylan ('Simple Twist of Fate', por ejemplo) y por momentos una onda muy Nashville Skyline (folk/country sureño tranquilo apacible, del que Dylan hizo cuando luego de romperse la cabeza andando en moto), hay en todo el álbum una atmósfera que sugiere que al haberse mudado a la costa Oeste nuestro judío favorito empezó a comer más Grateful Dead y Jefferson Airplane. Los riffs limpios, floridos, gritan Jerry García, pero se alejan del plagio o de la mera copia: son procesados inclementes por la imaginación rebuscada y a veces torturada de Ezra. Esta influencia del rock psicodélico y de la onda sureña es clara en la trilogía de duetos que estructuran el disco y que narran la crisis y la renovación de una pareja: en Hold You Now, el protagonista en primer plano es una guitarra acústica y un slide que por poco está arrancado de Lay Lady Lay de Bob Dylan. En Married in a Gold Rush, la pareja pondera si no se casaron y avanzaron demasiado rápido (Shared a moment in a café / Shared a kiss in pouring rain / We got married in a gold rush / And the sight of gold will always bring me pain), sobre el trasfondo de un órgano, slides y violines que redefinen el folk de los '70 y lo hacen consumible para jóvenes obsesivos en 2019. Y por último, en la balada We Belong Together, que desde el inicio nos sacude con un riff cromático muy San Francisco, la pareja reflexiona sobre cómo que encajan tan bien como cosas que encajan y no encajan bien (We go together like pots and pans / Surf and sand, bottles and cans We go together like lions and lambs / Oh, we go together / We go together like Keats and Yeats / Bowls and plates, days and dates). La trilogía tiene un final ambiguo: Hallelujah, you're still mine /
All I did was waste your time / If there's not some grand design / How'd this pair of stars align?. ¿Júbilo por la reconciliación, o aceptación apesadumbrada de que el destino ciego nos come a todos por igual? Si bien no es parte de la triología per se, la canción que continúa, Strangers, es más optimista: Koenig (en sus propios zapatos) recuerda cómo veia la vida como un extraño (como un espectador) antes de conocer a su pareja (la actriz Rashida Jones), y luego reconoce que aunque la vida es compleja, pudo dejar atrás su desapego y su carácter de espectador torturado gracias a la compañía de su chica. En una estrofa que recuerda mucho a cómo Father John Misty describe la 'caída a tierra' que produce ver a la cara a un ser amado, Koenig baja la guardia y nos dice "I used to freeze on the dance floor / I watched the icebergs from the shore / But you got the heat on, kettle screaming / Don't need to freeze anymore". Y es que en su preocupación por analizar, descomponer y decodificar la vida, los artistas (como tantos otros) a veces se olvidan de vivir, y necesitan de otras personas para recordar cómo volver a hacerlo.


Lacy, Koenig y un perrito

Con todo, las dos canciones más intensas del disco contienen estas temáticas (el cambio, el amor, la ruptura, la religión) pero son universos en sí mismos. Me refiero a Sympathy y a Jerusalem, New York, Belin. Sympathy, por lejos la canción más cargada y fuerte del album, abre con una declaración irónica: Steve Lacy dice que "suele tomarse a sí mismo demasiado en serio" y que nada lo amerita. Pero un instante después la guitarra acústica, el bajo y la batería abren de forma estruendosa una reflexión muy seria de casi cuatro minutos sobre cómo el cristianismo y el judaísmo, ocupados por siglos en matarse entre sí, hacen causa común para exterminar a un tercero: el Islam (que en ningún momento es mencionado directamente, pero que es fuertemente referenciado). En un ejercicio de composición lírica impactante y que es doblemente polémica por ser Ezra un judío crítico de su propia religión, la canción narra (probablemente desde el punto de vista del cristianismo y a la vez de un cristiano) como la otra religión aparece, la toma de la mano, la saca de donde estaba, y terminando con "siglos de aislamiento", le hace entender que ahí afuera hay un tercer personaje que puede romperle el corazón a ambas y tirar las piezas al río (una imagen que también es consonante con la imagen que en occidente tenemos sobre la inclemencia de los extremistas musulmanes). Koenig es incisivo aludiendo al carácter mercenario, interesado y destructivo de la alianza: en el contexto del partido de ping-pong constante en que se debatían ambas religiones, el cristianismo entiende que nunca iba a ganarle la partida a su contrincante porque después de todo, se estaba mirando al espejo. La idea es que ambas religiones, con sus diferencias, tienen sus puntos en común, pero estos, lejos de agradables, revelan ambición, competición y, cuando aparece un tercero, afán de destrucción. "Judeo-cristianidad, nunca había escuchado esa palabra", dice Koenig:  "Fuimos enemigos por siglos hasta que apareció un tercero". Lo interesante es que Koenig también tilda de cobardes a ambas religiones: ambas están "desesperadas por un enemigo pero demasiado asustadas para matar" (han pasado siglos desde que los fariseos y los papas comandaban matanzas de forma directa: hoy eso ya les está vetado), y van a usar el dolor de alguien más para lograr agenciarse un triunfo, y así "derramar la sangre de los mosquitos arrogantes" (es decir, la arrogancia de quienes, como los fundamentalistas musulmanes, son taxativos en creer en la verdad de sus textos y en denostar e incluso perseguir a otros religiosos). En inglés, "mosquitoes" es muy similar a "mosque": es decir, la denominación que reciben los templos de oración de los musulmanes (las mezquitas). Le pregunté en un tweet a Ezra si esta conjetura mía es cierta pero aún no responde. Con todo, lo impactante (y fuerte) es que Ezra parece estar dando el mensaje de que el fin no justifica los medios, y que, sean los mosquitos arrogantes o no, la alianza por conveniencia de los judeo-cristianos, y sus consecuencias nefastas (que se filtran al resurgimiento de la derecha y a la proliferación de la xenofobia en Estados Unidos y en Europa) habla más de ellos mismos que de los islámicos. Picante.

El tema de la religión, como ya dijimos en nuestro[2] análisis sobre el EP anterior, es una constante en las letras de Koenig: judío semi-practicante, celebra los ritos (y lo sube a Instagram) y a la vez ha mencionado la idea de convertirse al cristianismo, pero parece acercarse a la cuestión con curiosidad más que con compromiso, y más como un extranjero que como un insider. Con todo, lo nuclear es que se trata de una persona con formación universitaria en letras y en historia: es decir, se encuentra con la bomba que a cualquier persona ilustrada criada en una religión le explota en la cara al momento de congeniar esa religión con la experiencia cotidiana, con el conocimiento de las atrocidades cometidas por las religiones, con el malestar que produce el sentir la imposición forzada de un conjunto de reglas sobre la propia vida. En pocas palabras, Koenig no está del todo cómodo con su condición, y la música parece una forma de expresar su vivencia personal sobre una cuestión con aristas políticas muy espinosas.

De aquí que Jerusalem, New York, Berlín, sea una canción tan notable, emocionante y a la vez, el cierre perfecto para Father of the Bride. Una balada de piano de menos de 3 minutos, con aportes vocales de Haim, Koenig interpela directamente a Dios, como lo había hecho en Ya-Hey -que ya era una homofonía de Yahvé-. Pero ahora, seis años después, lo hace desde un punto de vista totalmente diferente, más derrotado, nostálgico y desesperado. El narrador afirma haber amado a su interlocutor en el pasado pero duda de si lo hace ahora, porque reconoce que la profecía de este último (factiblemente el retorno a la tierra prometida) se vistió para matar, y trajo sólo desgracia. Y es que Koenig adopta la estrategia anti-pop y para cerrar un album indie/alternativo elige tocar el problema clásico de Medio Oriente: el conflicto Israel-Palestina. "Me has dado el gran sueño", dice Koenig, "pero no lo puedes hacer real". No sólo el retorno a la tierra prometida nunca se ha cumplido, sino que lo único que provocó fue el enfrentamiento político y religioso más extenso y opaco de la historia. Cien años pasaron desde la Declaración Balfour: la declaración donde Gran Bretaña apoyó explícitamente al zionismo y al establecimiento de un 'hogar nacional' para el pueblo judío de Palestina, y el evento político-diplomático considerado la causa inicial de todo el conflicto en el siglo XX. ¿Y que ha sido de este siglo? "Una conversación sin fin desde 1917", pero que ahora tiene la batería sobrecalentada y que está quemando todo alrededor sin poder apagarse o desconectarse, dejando en el camino a "matrimonios jóvenes que se derriten y mueren donde se echan". En la última estrofa Koenig toma posición y, haciéndose eco del castigo biblico estipulado en caso que se rehusara a Jerusalem, acepta perder la lengua y los dientes: según Koenig es un precio aceptable por frenar la búsqueda ciega de la utopía que no para de cobrarse vidas. Y agrega que sea quien gane la batalla, el punto es que no se reanude en los corazones de los hombres "el sentimiento genocida que late en todo corazón". Foucault decía que todos tenemos un poco de fascismo en la cabeza, y acá Koenig parafrasea la idea, metiéndonos a todos en la bolsa: la idea es (y siempre fue) la paz entre los hombres, y no la erradicación sistemática. Es luego de ver con horror estos 100 años de diálogo frustrado, sacrificio y violencia que Koenig bautiza a la canción en el estribillo: imagínense cómo hubiera sido el mundo si Jerusalén (la religión), Nueva York (punto de llegada de la diáspora del nazismo y también símbolo del poder y el dinero) y Berlín (el centro de la cultura y de las luces) hubieran podido dialogar y vincularse, sin destruirse entre sí con guerras materiales e ideológicas.

La canción se apaga progresivamente, el bajo desaparece y la voz femenina se anula: hacia el final de Father of the Bride, Koenig se encuentra solo, cantando: "All I do is lose but baby / All I want's to win / Jerusalem, New York, Berlin". "Ganar" ciudades (conquistarlas, o 'sumarlas') como forma de torcer la suerte que nos toca, la nostalgia por lo que nunca sucedió y podría haber sido, y por último la búsqueda de un interlocutor cuya compañía vuelve tolerable lo intolerable de este tipo de pensamientos, e incluso de esta vida. Estas, después de todo, son tres de las principales ideas que vertebran Father of the Bride: un disco heterogéneo, variado, por momentos poco conexo pero honesto e intenso, con el que podemos bailar, llorar y espiar hacia el interior de la condición humana. No es poco para un viaje que sólo nos demanda 58 minutos y que, si lo hacemos a conciencia, seguro nos deja un poco diferente a cuando lo empezamos.

[1]: Yo.
[2]: Mí.

domingo, 7 de abril de 2019

Vampire Weekend - This Life/Unbearably White (2019)

De pocas bandas puede decirse que tuvieron un impacto tan claro y a la vez tan complejo en el indie anglosajón como lo tuvo Vampire Weekend. Lo primero, porque formaron parte de la movida que, junto con Animal Collective, Arcade Fire y Grizzly Bear entre otras, le dió un impulso de frescura, humor y experimentación a un género que a mediados de los 2000 corría el riesgo de quedarse sin ideas. Lo segundo, porque aunque la etiqueta 'indie' les calza, no termina de definir ni de describir el sonido y la orientación de la banda. De hecho, críticos de la talla de Robert Christgau (el que odiaba Black Sabbath y King Crimson pero amaba Creedence, y al que Sonic Youth quería "matar a pijazos") sostenían hace años algo así como que Vampire Weekend se las ingenió para inventar un nuevo tipo de indie: culto, muy leído, bailable, en los límites de la experimentación 'agradable' al oído, y obsesionado con el paso del tiempo y de la muerte. Un indie académico, universitario, y por eso, bastante autocentrado, incluso denso por momentos.

Tan Bionica

Coincido con Christgau. Vampire Weekend puede ser la 'banda más blanca' de la última década, y quizá pueden haber abusado de las referencias a la literatura y a la vida universitaria, pero si tenemos dos dedos de frente no podemos dejar que eso nos detenga de valorar plenamente su música. De hecho, sería idiota pedirle a una banda de cuatro universitarios que estudian inglés en la Universidad de Columbia que no escriban sobre redacción e idioma (Oxford Comma), sobre las sensibilidades de la vida en la ciudad (White Sky, A-Punk), sobre el repentino paso a la madurez (Is your bed made? Is your sweater on? / Do you want to fuck like you know I do? en Cape Cod Kwassa Kwassa) y sobre la vida en el campus universitario, con profesores que enseñan romances y siestas en el pasto por el cansancio de haber tenido sexo la noche anterior en lugar de haber estudiado (Campus). ¡Y es que el equipo que conformaban el cantante, letrista y guitarrista Ezra Koenig, bachiller en idiomas, y Rostam Batmanglij, multiinstrumentalista, letrista y bachiller en música había nacido de ese mismo contexto! Literatura, fiestas, universidad, familias acomodadas y la posibilidad de ahondar en la sensibilidad estética inaccesible para aquellos que están demasiado ocupados tratando de no morirse de hambre en Nueva York. 

Quizá es mi propia sensibilidad blanquísima, de ser estudiante y profesor universitario a la vez, que me hace valorar que una banda que mezcle los dolores de cabeza de la vida académica y los romances de campus con música tan variada, ligera y a la vez compleja. Pero aún tomando distancia (y niñes, créanme que de la Universidad de Columbia a la Universidad Nacional de Mar del Plata hay distancia), la alegría movediza y popera (pero nunca mainstream) de Vampire Weekend se cuela... aún cuando nos cantan sobre perder los dientes por comer mal por ser guerrillero durante el sandinismo (Holiday), sobre quemarnos en el infierno por no ser creyentes (Unbelievers), o sobre quemar todo y morirnos rápido (Diane Young). No es que la banda reniegue de forma maníaca de las emociones más oscuras: el escenario post-apocalíptico (¿o contemporáneo?) descrito sobre el fondo de la melodía lúgubre en Hudson, la nostalgia de crecer y perder lo más preciado, sea esto la música, la juventud o el amor (Step), y la ruptura por el desengaño y la traición (Hannah Hunt) también atraviesan la música de Koenig y compañía. Pero especialmente en los primeros dos discos (Vampire Weekend, de 2008, y Contra, de 2010), sea en el fondo o en la superficie, hay en la música de la banda una alegría vibrante y una sensibilidad incontrolable, propia de veinteañeros urbanos muy conscientes de la finitud de la vida y muy alertas de la riqueza que tiene la cultura al momento de definir nuestra existencia.

The whittest boys alive

Es por esto que cualquier alma sensible estará esperando con ansias Father of the Bride, el cuarto disco de la banda, que sale en tan sólo unas semanas. Con todo, Father of the Bride llega como una incógnita: es el primer disco de la banda en 6 años (el mayor lapso de tiempo entre sus discos), y el primero luego que Rostam abandonara Vampire Weekend en buenos términos en 2016. A pesar de que Rostam colabora en el disco y grabó algunas partes para el mismo, es inevitable preguntarnos cómo afecta al estilo de Vampire Weekend la salida de quien definía mucha de la versatilidad y la experimentación que caracterizaban al grupo.

Podemos hacernos una idea aproximada de qué esperar si prestamos atención a los tres singles que Vampire Weekend sacó durante el último mes y medio, y que el 4 de Abril se mezclaron en Spotify en una suerte de 'EP' que lleva el título del último single. Empezando por el primero que salió en sentido cronológico, Harmony Hall es un TEMAZO ahre no, bueno, ¡sí!, lo es. Pero, ¿por qué? Porque en términos líricos y musicales captura la esencia de la banda a la vez que muestra cambios que evidencian cierta maduración. En Harmony Hall, una oda que muy probablemente refiere al resurgimiento de grupos extremistas y fascistas en Estados Unidos pero también a la intolerancia en general y secundariamente al amor frustrado, Ezra alude al tribalismo y a la generalización del odio a través de una metáfora que da nombre al tema: la pérdida de la memoria y el olvido de las promesas (¿de los políticos? ¿de los amores?) hace que el odio y el enojo busquen una voz para expresarse. Y dado que las voces sólo quieren cantar (es decir, gritar), lo hacen, y armonizan hasta que no se escucha nada más. Y en esta cámara de eco o de resonancia (en este harmony hall irónico, donde no hay armonía sino gritos), con sus paredes impenetrables y repleto de serpientes, se acumula el odio y el enojo, hasta que eventualmente estalla. El narrador observa todo desde fuera, y se lamenta, usando una frase de Finger Back, una canción del álbum anterior: "I don't wanna live like this, but I don't wanna die". 

Pero todo este drama se da sobre una composición musical que hace de contrapeso: por un lado es la melodía es claramente optimista y upbeat, y a la vez precisamente utiliza un riff armónico en guitarra y piano para estructurar la canción. Las trazas de música africana que caracterizaron a Vampire Weekend, los jangle riffs y la percusión meteórica no son claramente audibles: se han transformado y se han asimilado a una percusión y un tempo más estables. Pero el feeling continúa siendo positivo, disparado en dirección del baile y de la dicha. Algo así comunica el propio video de la canción, totalmente recomendado: 


El lado-B de Harmony Hall, la sencilla 2021, nos destroza, Ezra-style, con la cuestión melancólica, metiéndonos de lleno en el meollo de la cuestión: "2021 / ¿Estarás pensando en mi?" . Como nos pasa siempre con Vampire Weekend, el interlocutor puede ser un amor frustrado, el narrador preguntándole si lo recordará de acá a 3 años, o también puede ser Donald Trump, el narrador preguntándole si en caso de ganar otra presidencia, recordará a (=tendrá piedad con) los ciudadanos. Sea el presidente o tu ex, la cuestión es la misma: nada resiste incólumne el paso del tiempo ("Copper goes green, steel beams go rust"), aunque algunas cosas lo resisten mejor que otras.

El segundo single es más sencillo (cuak) pero quizá igual de fascinante. Sunflower/Big Blue sí representa más claramente una divergencia para la banda en términos de sus albumes anteriores. Sunflower es una canción que apenas supera los dos minutos, cantada desde la perspectiva alternada de una persona y de un girasol, en dos estrofas sencillas: si en la primera es de mañana, el girasol aguarda afuera y ni siquiera la luz puede sacar al narrador de su casa y de su cama, en la segunda ya es de noche, el girasol 'absorbe el espacio' (una metáfora de la fotosíntesis) y en primera persona reconoce que nada, excepto el tiempo, puede devolverle el día. El narrador en su cama, que se pregunta sobre su almohada si el día es tan importante como para merecer una fecha, y el girasol en el exterior que se resigna a aguardar, tienen algo en común: ambos se limitan a soportar el paso del tiempo, porque no pueden acelerarlo ni ralentizarlo, eventualmente reconociendo que sólo les queda aguardar. Musicalmente, Sunflower, que cuenta con la colaboración de Steve Lacy, continúa con la racha upbeat, estructurada sobre un riff rápido y preciso con pocas trazas de bajo y una percusión en primer plano que marca una actitud de prisa, en línea con la temática de la canción. 

¿El videoclip? Dirigido por Jonah Hill y protagonizado por Lacy, Koenig y Jerry Seinfeld, muestra a los tres haciendo compras y merendando en Nueva York. No apto para epilépticos o propénsos al vómito, el video no para de girar en perspectiva y usar aceleraciones y divisiones para modificar el timing de la historia... contrariando lo que en la canción Ezra nos dice que es imposible.


Big Blue, el lado-b, es una canción sencilla con slides acerca del océano o, quizá también, acerca del propio planeta Tierra (ambos pueden considerarse como 'grandes azules'). En una letra también sencilla, Koenig canta sobre cómo encontró calma y protección en los brazos de ese gigante azul cuando lo necesitaba, probablemente recurriendo a la naturaleza cuando el peso de la vida cotidiana y su trajín se volvieron insoportables. Pero, afecto a la ambiguedad y a la neurosis, Koenig termina planteándose un dilema sobre el aprendizaje (y la madurez) y sobre la permanencia y la soledad: "So am I learning my lesson? / Or am I back on my own?"

Por último, This Life tiene 3 días en Spotify y ya casi acumula un millón de reproducciones. Con un riff que en parte toma prestado el de This Charming Man de The Smiths (aunque en un tempo claramente distinto) pero llevándolo a otro nivel de bailemos-con-buzos-estirados-y-mangas-larguísimas-como-Morrisey, Ezra nos empuja otra vez hacia el desamor, y confiesa desde el momento cero que su perspectiva del amor era quizá demasiado idílica: "Baby, I know pain is as natural as the rain / I just thought it didn't rain in California". Con todo, no canta desde el desamor amargo, sino desde una perspectiva algo bukowskiana: si bien idílica y agradable, esa primera idea sobre el amor era una mentira, y ninguna mentira termina dando más rédito que dolor. Así, el desengaño no deja de ser algo positivo: porque da la posibilidad de construir algo real: "Baby, I know love isn't what I thought it was / 'Cause I've never known a love like this before ya". Eso no evita que el desengaño sea doloroso, crudo y terrible: Koenig sigue cantando sobre cómo los sueños se vienen abajo si se extreman a lo negativo o a lo positivo, pero que pensó que el sueño con su pareja iba a durar "a little longer". También, que sabe que el enojo y el odio siempre están "a las puertas", pero que pensó que habían cerrado la puerta al irse a la mañana. 

Al precisar el problema entre ambos, Koenig canta de forma algo ambigua en el estribillo: "You've been cheating on, cheating on me / I've been cheating on, cheating on you". El engaño entre ambos, y que además ya es crónico, puede ser real (cheat en el sentido material y concreto de ser infiel) o puede ser simbólico (mentiras, secretos). Pero volviéndose hacia sí mismo, Koenig reconoce que lo suyo es más grave, y quizá la causa: "You've been cheating on me / But I've been cheating through this life and all its suffering / Oh Christ, am I good for nothing?". En otras palabras, sea que el engaño haya sido real o simbólico, el narrador concede que él viene 'engañando' durante toda su vida, o más precisamente, engañando a su vida. El sentido de esto se precisa cuando Koenig reconoce que sabe que la muerte no ha llegado aún precisamente porque no recordaba vivir la vida (o estar vivo) antes de estar con su pareja, y luego, que la enfermedad que sufren ambos es la misma de los árboles, que "no están conscientes de que han estado viviendo en un bosque". La idea es sencilla: el narrador siente ahora que no ha estado vivo antes porque ha dado por sentado lo que tenía -con la apacible ignorancia de los árboles- y porque no ponderó realmente la posibilidad de la muerte. Ignorar esta posibilidad es su forma de "engañar" a través de la vida, o en el transcurso de la vida: salirse del paso de su propia mortalidad e ignorándola... con consecuencias terribles, dado que un sueño es sólo un sueño, dado que la puerta que contiene al odio tiende a abrirse, y dado que sólo la posibilidad de un final repentino e indeseado hace que realmente valoremos lo que tenemos.

Una idea semejante comunica Unbearably White, el lado-B. A primera vista podría suponerse que el título es una ironía, la banda reconociendo que ellos han sido insoportablemente 'blancos' en sus composiciones. Pero la canción, musicalmente más apaciguada y abierta, retoma el fracaso amoroso. Insoportablemente blanca es la nieve del lugar al que el narrador huye luego de separarse de su pareja y reconocer que el amor no es lo único que se requiere en una relación. E insorportablemente blanca es la hoja del diario que la pareja del narrador escribía en su habitación una tarde ventosa de invierno, mientras él miraba. La nieve y la hoja, cuya blancura es intolerable, son motivs de la frialdad y el vacío, cuando el narrador le dice a su pareja que se aproxima una avalancha pero que no se cubra los ojos (que no desconozca las causas y razones de lo que sigue, probablemente la lucha y la ruptura) porque después de todo eso es lo que ella pensaba que quería. 

El epílogo, de la canción y del EP, son precisos: Koenig canta que hay que "darlo por terminado" o "dejarlo por hoy" (call it a day / call it a night, que en inglés también juega con la idea de la luz y la oscuridad, el inicio y el final), y que sintiéndose calloso y indiferente, después de todo él mismo se siente insoportablemente blanco.

La madurez a través de los golpes, el equilibrio logrado después de mucho esfuerzo, el reemplazo de los extremos por algo más centrado, y el dolor apenas soportable, agridulce y nostálgico que acompaña este tránsito, parecen ser temas transversales a las canciones del EP. Si bien el paso del tiempo parece ser una preocupación constante en Koenig desde que Vampire Weekend existe como tal, en estas canciones ya no encontramos a un joven que teme por amores frustrados y desengaños y que por tanto se refugia en las sensibilidades (mundanas o exquisitas) para huirles. Todo indica que en 2019 y con 34 años, Koenig ya ha atravesado esas frustraciones y desengaños, dejando atrás la jovialidad y el pesimismo poco fundamentado propia de los adolescentes. En su lugar, parece estar intentando buscarles un sentido, e incorporarlos en su propia personalidad. Si hace 11 años Koenig nos cantaba sobre dormir en el campus y no cruzarte en la universidad con la chica con la que tuviste sexo la noche anterior, hoy nos reconoce que viene engañándose a sí mismo y a la vida, ignorando su propia finitud. Si hace 6 años Koenig cantaba en Unbelievers que él la amaba a ella pero que ella amaba el mar, o en Hannah Hunt que sin confianza no había futuro ni respuestas, hoy canta que el amor por sí sólo no es suficiente, que no es un sueño sino una realidad, que dista de ser una receta, que tiene altibajos, que no puede acelerarse ni atrasarse, y que es contaminado si se da por sentado, al igual que sucede con la propia existencia. 

Es interesante porque a nivel musical o estrictamente sónico, el propio EP muestra diferencias claras con las composiciones que hicieron a Vampire Weekend exitoso en un primer lugar, que dan una idea de 'cambio' y 'madurez'. La experimentación radical, los tempos extraños, la producción que era a la vez excesiva pero desnuda no estan muy presentes aquí. Goodbye Rastam. Pero a juicio de este humilde servidor, esto de ninguna manera afecta el tono, el mensaje, y la llegada de lo que estos muchachos nos dicen a través de sus cultas e informadas canciones. Queda pendiente para otra entrada del blog una comparación entre Father of the Bride (o lo que yo creo que puede llegar a ser el disco completo) y Tranquility Base Hotel & Casino de Arctic Monkeys, uno de los albumes recientes que a mi juicio es otro paradigma que ilustra de forma clara y fascinante lo que hace la maduración y el 'cambio de perspectiva' en una banda con una tradición establecida.

Siempre una banda autoconciente e inteligente (en el sentido de sagaz), Vampire Weekend tendió a incluirse de forma indirecta y elegante a sí misma en sus letras, refiriendo sus logros, sus riesgos, su lugar incómodo en la industria. Y Vampire Weekend siempre ha sido, en parte, Ezra Koenig. Quizá por esto, el tránsito personal propio de Koenig en estos años se refleja tan claramente en las letras y en el cambio de la banda, y viceversa, los cambios de Vampire Weekend han redefinido la sensibilidad y los límites de Koenig como artista y como persona. Yo, por lo pronto, espero Father of the Bride con ganas.


martes, 2 de abril de 2019

Billie Eilish - WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO? (2019)

"My Invisalign has... / I have taken out my Invisalign / I have taken out my Invisalignand this is the album / Hahahaha / AAAAAAH".

Chupandose la saliva, anunciando que acaba de sacarse los brackets y que al fin llegó el album completo: asi nos recibe Billie Eilish en "!!!!!!", la canción con que empieza su LP debut, "WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?"


Portada que parece sacada del meme del hee hee

El disco, una combinación de pop, electrónica y un trap muy peculiar que abusa de bajos y de melodías enfermizamente buenas, llega después de varios singles desperdigados por Spotify desde el año pasado. Por lo que entendemos la felicidad de Billie, una artista que es más joven que Kid A de Radiohead (Eilish tiene 17 años, Kid A 19). Eilish ya había difundido cortes del album: "Bury a Friend" y "Wish you were gay", y había colaborado a inicios de este año con una canción para el album de música inspirada en el film ROMA de Alfonso Cuarón. Pero el disco viene como una trompada de bobo porque, contra los temores fundados de algunos (me incluyo), el nivel del disco en su totalidad supera por mucho aquellos singles, lo que demuestra que Billie se había guardado los platos fuertes para el LP.

El disco está inspirado en las experiencias nocturnas de Eilish: concretamente, temores nocturnos, pesadillas, alucinaciones y algunas manifestaciones del Sindrome de Tourette, que sufre la artista. Esto ya era evidente en uno de los singles del 2018, "Bury a Friend", donde Eilish encarna al monstruo debajo de su cama y canta desde su perspectiva, preguntandole a la artista por qué no le teme, por qué no se aleja de él. En cierto sentido, Eilish (que confesó en una entrevista que se siente "triste como la mierda" como todos los artistas del medio) reconoce que ella es su peor enemigo, y se espeta constantemente qué quiere de ella misma, a la vez que repite que acaba de enterrar a un amigo (una referencia a la muerte de XXXTENTACIÓN) y que quiere acabar con ella misma (probablemente una alusión al suicidio).


La chica/chico malo del momento.


Pero Bury a Friend es el décimo tema del album. Antes de llegar a él atravesamos toda la gama posible de emociones que nos comunica una jóven adulta (¿o adulta adolescente?) en crisis y en jaque por las tensiones y los tironeos de muchas polaridades: ser activa o ser sumisa, ser buena o ser mala, hacerse cargo de sus gustos o proyectarlos al exterior. De hecho, la segunda canción del disco, "Bad Guy", es una oda sexual apenas disimulada donde Billie ironiza sobre el estereotipo de los "chicos malos" que parecen rodearla y reconoce que ella es el chico malo: ella tiene lastimaduras en las rodillas, y ella disfruta cuando el otro no pide por favor ni agradece, pero lo que disfruta es que él asuma que tiene el control cuando en realidad lo tiene ella. Eilish susurra que va a ser el animal de él, pero ¿quién tiene la correa, dado que sin ella la fantasía no puede existir? En el estribillo advierte que es el tipo de chicas que entristece a tu mama, vuelve loca de celos a tu novia y puede llegar a seducir a tu viejo.

Eilish juega constantemente con la inocencia impostada: termina Bad Guy reconociendo que le gusta cuando el chico enloquece, y que no entiende por qué la novia del interlocutor le teme a ella, a Billie, si lo único que pasa es que ella tiene la colonia de él por todas partes. Ahora bien, el precio por disfrutar esos extremos es reconocida por la propia artista, que además evita aplacar su carácter explosivo con drogas (en xanny justamente critica la forma en que los jovenes se aplastan bajo psicotrópicos para no sentir nada, proponiendo en cambio asimilar el dolor como forma de crecimiento y lidiando con él de una forma más personal). 


El video de Bad Guy: un viaje lisérgico y maníaco por la mente de Billie Eilish

Esta contradicción (una chica mala que encarna el rol de "chico malo" y disfruta de maldades pero que pasa de las drogas) es una primera ventana que nos provee el disco hacia el hecho de que estamos lidiando con una artista particularmente sensible, con un sentido muy infantil de la diversión y con una picardía muy acentuada. Si en Bad Guy Eilish nota que su remera blanca ahora está roja porque le sangra la nariz (quizá como resultado de un golpe en un juego de roles), en wish you were gay desea algo bastante infantil e inocente: que el chico que la rechazó y le rompió el corazón fuera gay así puede achacarle el fracaso a su orientación sexual. En you should see me in a crown Eilish fantasea grandilocuente con dominar el mundo y advierte que ella no es el bebé de nadie que crea que es bonita, pero en when the party's over le espeta enojada a su ex que ya se acostumbró a perderlo. En esta canción, Eilish reconoce a su chico que ella no puede hacerle bien y que sean amigos, pero inmediatamente le pide que se quede cerca de ella y que le devuelva las llamadas en un sentido romántico y sexual.

En ​all the good girls go to hell Eilish admira a las personas que se van al infierno (como las chicas buenas, por ejemplo, que en realidad son malas) e invierte los simbolismos cristianos para transmitir la idea de la restricción que impone la religión, pero en my strange addiction usa samples de uno de los mejores capítulos de The Office (que además es una de las mejores comedias de la historia) para describir a su pareja como una droga de la que es adicta. En esta, una de las canciones más intensas del disco que mejora y mejora a medida que avanza por las interrupciones de los samples de The Office brillantemente ubicados, Eilish le pide a su compañero que sea su medicina (dado que en xanny ya nos advirtió que no se automedica) y que opaque su dolor provocandole otro tipo de dolor, esta vez elegido, voluntario y por tanto más placentero. Finalmente, en listen before i go le pide a su compañero que la escuche por una última vez dado que ha tomado la resolución de acabar con su vida, pero no sin antes decirle que él tiene cartas que jugar en el asunto y que puede ayudarla a evitar tal desenlace. Es la depresión causada por un corazón roto cuando Billie canta "Taste me, the salty tears on my cheek / That's what a year-long headache does to you / I'm not okay, I feel so scattered / Don't say I'm all that matters / Leave me, déjà vu". En la sencilla y efectiva ​i love you Eilish describe el laberinto (tortuoso pero placentero y emocionante) de una relación signada por el fracaso y el conflicto, las verdades disfrazadas de chistes y la admisión de que no se elige a quien se ama, y que a veces se ama a quien se querría no amar: "I can’t escape the way I love you /
I don’t want to, but I love you".


The Scarn, el baile del capitulo sampleado de The Office cuya melodia es MUY SIMILAR a la de my strange addiction

ilomilo referencia a un juego de mesa donde los dos jugadores están separados y deben trabajar juntos para sortear obstáculos y reunirse al final. Billie utiliza muy sagazmente el juego como metáfora tanto de la necesidad de recibir ayuda del otro para reencontrar el camino, como del temor de perder a una persona amada para reencontrarla más adelante (uno de los dramas eternos y transversales de la música, la literatura y el cine desde el año 0). En la canción, a Billie le queda sólo una vida (en términos de videojuegos) y pregunta, como desorientada, "Where did you go? / I should know, but it's cold / And I don't wanna be lonely / So show me the way home / I can't lose another life". ¿Ansiedad de separación, alguien?

WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO? es una obra compleja pero a la vez muy sencilla, y por sobre todo, honesta y descarnada. Logra transmitir sentimientos sobre los 'grandes' temas que como humanos nos atraviesan a todos, y lo hace con una autoconciencia irónica que hace más facil asimilar el drama. En el camino aporta canciones para bailar, para llorar, para tener sexo y para mirar el cielo. En este sentido, my strange addiction creo representa a la perfección tanto al mensaje que Eilish quiere transmitir en el disco, como a la "persona" que Billie estampa en el album, y que probablemente tenga mucho que ver con su personalidad real: en la canción demuestra ser una geek (o nerd) fanática de The Office que trata de lidiar con los grandes asuntos (el amor, el desengaño, el sexo, la muerte) con picardía, ingenio y humor. En el proceso, no deja de reconocer que lo que da placer ata, que todas las adicciones tienen un gesto de voluntad y que el empoderamiento (en este caso femenino) no es excluyente con la servidumbre voluntaria, entre muchas otras cosas. Es un disco que refleja la sensibilidad de la época: corazones rotos por doquier, el uso y sobreuso de las personas como tranquilizantes (en el buen y en el mal sentido), pequeñas crisis existenciales campeadas por la muerte, y esos pequeños paréntesis entre drama y drama que nos permiten mirar al cielo y preguntarnos, efectivamente, dónde vamos cuando nos quedamos dormidos. 

lunes, 4 de marzo de 2019

Lo que febrero nos dejó: 3 reseñas compactas

De vez en cuando, Febrero es el mes más corto del año. En este, el año 2019 de Nuestro Señor, Febrero fue aún más corto (tuvo como 10 días menos). Para compensar, nos dejó algunos de los discos más importantes de la historia de la música, tal como lo van a saber interpretar los historiadores de la cultura en el siglo XXII. A continuación una breve reseña de cada uno de estos álbumes que no van a encontrar en el Top 50 Más Escuchado De Canciones Latinoamericanas Sobre Perrear, Garchar, Infidelidad, Amores Perdidos Y Objetalizar Mujeres de Spotify.

1. Cass McCombs - Tip of the Sphere 


Cass McCombs es como el Jerome Salinger de la música indie: un cantaautor cuarentón nómada, muy talentoso y ecléctico que mezcla jazz con psicodélica, rock y blues, reverenciado por los jóvenes y por la crítica pero con tendencias ermitañas que enfrenta su éxito natural aislándose, recluyéndose y no dando entrevistas. Además, cuando concede entrevistas, es un tipo muy agradable, como denota este extracto de un intercambio muy recomendable que tuvo con Pitchfork hace poco:

Pitchfork: Well, it seems safe to say that your last album, WIT'S END, was quite dark and didn't have many jokes. Would you agree?
CM: No.[1]

Con una participación sostenida en bandas de la escena de San Francisco desde los '90 y con un sólido output desde los tempranos 2000 se convirtió en una clase de 'padrino mágico' de los indies, algo así como cuando el Neil Young de los '90 se volvió en el 'abuelo' del grunge. Con más de media docena de LPs publicados por Domino desde el 2004, hace unas semanas McCombs publicó "Tip of the Sphere", un disco muy especial que la crítica amará y nosotros queremos mucho.

Tip of the Sphere sigue una de las líneas de sus predecesores: es un disco extenso y variado, que oscila entre la palabra hablada (American Canyon Sutra), el blues kinkesko (The Great Pixley Train Robbery), la psicodelia calma (Tying Up Loose Ends) y un folk por momentos más clásico construido en base a drones. Sobre esto último, la canción que abre el disco, I Followed The River South To What se construye durante sus más de 7 minutos sobre un riff hipnótico que no ceja de taladrar el cerebro en ningún momento (nosotros, agradecidos). Pero se distingue de sus predecesores en que, a nivel general, es mucho más apaciguado, espaciado y relajado. Es un disco óptimo para escuchar a oscuras mientras se pondera sobre el universo. Ya por dar a luz a Absentee, una pequeña balada jazzera de piano y vientos que reza sobre la ausencia y la pérdida, el disco tenía razón de ser. Pero nos ofrece además diez piezas más para que conozcamos qué están pensando estos tipos tan raros en el hemisferio norte.

Temas clave: I Followed The River South to What; The Great Pixley Train Robbery; Absentee

2. White Lies - FIVE (gracias Manuela)

¿Qué obtendríamos si tomamos las espermátidas de Kapranos (el cantante de Franz Ferdinand), las combinamos con células de Ian Curtis, las rociamos con hormonas extraídas de Editors y se las injertamos a Interpol, forzando así una gestación y un parto? Bueno, además de un excelente argumento de una película de terror, muchos tratados bioéticos rotos en el camino y el beneplácito de parte de la sociedad argentina que ama que la gente de a luz contra su voluntad, obtendríamos a los tres bellos muchachos de White Lies.

White Lies, la banda que surgió a fines del 2007 de las cenizas de Fear of Flying y que precisamente se formó porque los miembros necesitaban un ensamble distinto para tocar el material "más oscuro" que entonces empezaban a componer. Desde su primer LP "To Lose My Life" del 2009, este trío de muchachos blancos con un don por las melodías no paran de jugar con los temas escabrosos, las letras oscuras y las emociones intensas, bordeando lo emo sin caerse al abismo, con un equilibrio que quizá sólo logró Brand New con Science Fiction hace dos años.

FIVE, el último álbum de la banda, no es excepción. Si bien White Lies continúa sonando como una mezcla perfecta entre las bandas que nombré, de ninguna forma son un rejunte o una combinación derivativa. Más bien, llevan los riffs infecciosos, los sintetizadores que saturan y los bajos crudos a otro nivel, creando algo nuevo en el proceso. FIVE es un disco corto, de apenas más de 40 minutos y 9 canciones, que nos recibe con una de las mejores canciones hechas por la banda, Time To Give, una diatriba sobre el callejón sin salida de una relación agotada y las pequeñas inmolaciones que tratan de mantener a flote esa relación. La canción, compuesta por dos 'movimientos' claramente distinguibles, finaliza con una progresión de acordes tan compleja y con una descarga sónica tan emocional y visceral que nos recuerdan que el rock alternativo y el post-punk aún viven.

Por momentos, el disco recupera melodías esperanzadoras y canciones más optimistas (Never Alone) con riffs de sintetizador espaciados y abiertos que nos recuerdan al mejor momento de The Cure. Por momentos, el disco se permite melodías estúpidamente alegres y disparadas por percusiones y guitarras claramente maníacas (Jo?). Y por momentos, el disco cae directo hacia el abismo con un narrador que le pide al interlocutor que le siga golpeando porque la compañía de los golpes es preferible a la soledad (Kick Me). Tokyo, el primer single del álbum, es una canción construída a partir de un riff de bajo impresionante que tiene ecos de rock de arena ochentoso.

Nunca una banda vistió tan a la vista sus influencias sin dejar de ser sugerentes y originales. Otra razón a favor de que permita experimentar biológicamente con músicos y bandas.

Temas clave: Time to Give; Kick Me; Tokyo

3. Ian Brown - Ripples
Que Ian Brown no sabe, ni puede, ni pudo cantar jamás de una forma mínimamente aceptable es un hecho aceptado. Lo interesante es que el frontman de la seminal, increible y apoteótica The Stone Roses fue tan inteligente que logró adaptar las composiciones de su banda, y luego sus propias producciones, a su registro horrible y poco variado. Lo escuchamos con esa voz grave, casi monóntona, en I Wanna Be Adored, en She Bangs The Drums y en Bye Bye Badman, y nos encanta: Ian Brown sabe sacar ventaja de sus propias limitaciones.

Desde que The Stone Roses se estrelló (primero en los '90 y después en la reunión de hace algunos pocos años), Ian ha tenido una producción solista sostenida, que demuestra que más que querer ganar dinero, nuestro hombrecillo simiesco trata de canalizar su visión artística sin importar los números y las ventas (con las royalties de The Stone Roses podría vivir muy tranquilo). Y es que si bien este hombre mono la pegó con canciones como F.E.A.R. y Stellify, la verdad es que ya en composiciones anteriores como Corpses In Their Mouths (Unfinished Monkey Business, 1998) nos recordaba que tenía más que decir que lo que había cantado (como podía) en los dos discos de los Roses.

Ripples es el primer disco solista de Brown en una década, y la verdad que aparece como una sorpresa grata. Una década aniquila hasta al solista más campeonazo, y fácilmente podría haber arruinado a nuestro querido primate Ian. Pero Ripples suena con una energía renovada que, hay que decirlo, en parte se debe a que esta vez Brown consiguió musicos de estudio habilidosos y con empuje. Riffs convencionales pero potentes que sacan fuerza de su sencillez (Black Roses), percusiones que tienen textura más que mero acompañamiento (Ripples), y una sinergia que recuerda a los mejores momentos de The Stone Roses (First World Problems; Soul Satisfaction) hacen que Ripples sea uno de los puntos más fuertes de la carrera de Brown.

Incluso, como novedades, tenemos algunas incursiones en canciones realmente simples pero eficientes, como Breathe And Breathe Easy (The Everness of Now) donde Brown canta acerca de la calma y de la relajación acompañado por una guitarra acústica, cuyo acabado recuerda a las sítaras de la música yogui y aporta al feeling 'oriental' de la composición, y que es interrumpida únicamente por un único acorde de piano final, que cierra la canción. ¿Y la voz de Brown? Como dije, estamos ante un tipo inteligente, que adapta los tonos y las texturas a su propia capacidad vocal. En este contexto, de grabación de estudio, Brown no podría sonar mejor. ¿En vivo? Dios se apiade de nosotros.

Concedido, Ripples no es una obra experimental que expanda mucho más allá los límites del artista, e incluso por momentos el album recuerda bastante a The Stone Roses. Pero acerca de esto último, todo lo sea de calidad y nos recuerde a los Roses lo recibimos alegremente, siendo que fueron una banda infravalorada y desaparecida prematuramente. Y sobre lo primero, como nos enseñan a diario muchas bandas, es preferible perfeccionar el arte en que uno es naturalmente bueno a experimentar y cagarla.

Temas clave: First World Problems; Breathe And Breathe Easy (The Everness of Now); Soul Satisfaction.

[1] https://pitchfork.com/features/interview/8701-cass-mccombs/





sábado, 2 de febrero de 2019

La canción del día: Alison (1977) de Elvis Costello y el amor en tiempos de punk

Quién: Elvis Costello.

Parte punk, parte country, parte balada, parte cantautor, el outsider y pionero del punk artístico, prototipo del 'jóven enojado', siempre y desde el comienzo fue una figura dificil de clasificar. Costello empezó a escribir y grabar en Londres en 1976: en el mismo año y en una de las ciudades donde se empezaba a dar la explosión del punk en el viejo continente. Como no podía ser de otra forma, Costello echó raíces en el ambiente punk que lo rodeaba, especialmente en lo tocante a la fuerza de sus canciones, al enojo apenas disimulado de sus letras amargas, y a la simplicidad de sus composiciones. También fue pionero en incorporar sintetizadores y teclados en sus canciones, siendo uno de los representantes europeos del 'new wave'. Pero a diferencia de sus punks contemporáneos, Costello tenía un gusto particular por las melodías pegadizas y por la belleza estética de las canciones. Esto es clarísimo en todo su output, pero especialmente en sus primeros tres albumes.

Elvis. Me caso.

En cierto sentido, Costello siempre fue una figura en los márgenes del punk. Esencialmente, por dos razones: era mayor que sus compañeros, incluso más 'maduro', y tenía una perspectiva más realista y menos idealista de la realidad. Nos explicamos: a pesar de ser una persona relativamente jóven en la escena musical, era más grande que los punks que empezaban a grabar en 1976 y 1977: cuando lanzó su primer album, 'My Aim is True' (1977), Elvis tenía casi 24 años: unos 4 o 5 años más que los muchachos de Sex Pistols, The Clash y The Damned. Más importante, Costello tenía obligaciones de adulto: se había casado en 1974, a los 20 años, e inmediatamente había tenido un hijo con su primera mujer. Tenía un empleo monótono en una empresa de computación que detestaba pero que sin embargo le daba el dinero con el que mantenía a su familia. Esto parece haber sido determinante en su perspectiva general, especialmente en su perspectiva hacia la música: en una entrevista de hace algunos años decía textualmente que él no se podía permitir a sus 24 años llevar el estilo de vida nihilista, autodestructivo e infantil que llevaban los punks de fines del 70' porque tenía "cuentas que pagar y una familia que mantener". Tenía que componer para obtener un cheque y volver a casa (lo que no quitaba que fuera un apasionado por la música). En cierto sentido, Costello es el resultado de mezclar la pasión por la musica con la vida monótona del trabajador y del jóven adulto casado. 

Cuándo: Durante la década de 1970, Costello se hizo conocido en los circuitos de bares londinenses y fue produciendo una serie de demos que logró venderle a Stiff Records en 1976. El proceso fue complejo porque el estilo de Costello era tan notorio como peculiar: tipo bajo con anteojos enormes que hacía un rock fuerte con trazas de blues y de R&B pero también con cierta sensibilidad pop. Pero al final dió frutos, y la discográfica le ofreció entonces publicar un album, para el cual nuestro jóven enojado y casado ya tenía muchas composiciones.

Ilustra el particular estilo de vida de Costello el hecho de que había escrito las composiciones en su departamento, durante la noche, para no despertar a su hijo y a su mujer, y en parte también en el metro londinense en el camino a su trabajo como computador. Cuenta el mito que Costello finjió estar enfermo un día para evitar ir a su trabajo y poder ensayar y grabar el album a lo largo de un puñado de sesiones. Así, el 22 de Julio de 1977, era publicado My Aim is True: un bello disco de 32 minutos que asombra compartir país y año con 'Nevermind the Bollocks Here's The Sex Pistols' o el homónimo de The Clash.


El disco debut, que recuerda a Buddy Holly.

Qué: Alison, la anteultima canción del lado A del disco original. Alison es el prototipo prácticamente perfecto de la canción sobre el amor frustrado e imposible; una canción que no extrae su drama del presente ni del pasado lejano, sino del pasado lejano, y de la nostalgia por lo que nunca sucedió y debería haber sucedido. Es una canción realista y extremadamente sencilla, que lógicamente sólo podía haber sido compuesta por un jóven-vuelto-adulto a los golpes como lo era Costello.

La historia que cuenta la canción es un episodio sencillo (y ya clásico para nosotros los humanos, en la época post-La La Land): es la narración del protagonista, un varón, y todo lo que piensa al encontrarse casualmente con uno de sus amores pasados (Alison, quien probablemente ha sido el amor pasado del narrador), factiblemente en un baile o en un pub nocturno. Es un relato que tiene la forma de un monólogo mental, y parte de lo que hace grande a la canción es que no sabemos si el narrador en algún momento efectivamente dice en voz alta algo de lo que está pensando, o si simplemente este monólogo dramático transcurre internamente, mientras que paralelamente lo que sale de su boca es charla casual y sonrisas complacientes.


Allison. Dramas de adultos mayores para jóvenes veinteañeros.

La canción avanza de forma desgarradora en una sucesión de reflexiones que va haciendo el jóven que encarna Costello a medida que habla con su chica. En la primera estrofa, Costello casualmente remarca qué graciosa es la casualidad de ver a su chica después de tanto tiempo, y piensa (o dice, dependiendo la interpretación) que la chica no parece demasiado impresionada o impactada de verlo. Inmediatamente, el narrador siente celos y rencor, dado que recuerda que 'escuchó' (o que recuerda que sabe) que la chica dejó que uno de sus propios amigos "le quitara el vestido de fiesta". La escena a que se hace referencia es el típico juego de conquista donde alguien (Costello, en este caso) está detrás de otra persona y donde esta otra persona finalmente termina yéndose con un tercero.

Costello recobra la compostura, sin embargo, y declara (probablemente para sí en su cabeza) que no va a permitir que esos recuerdos le afecten, que no se va a poner "demasiado sentimental" como todos esos otros pegajosos (insistentes y molestos) pretendientes que ella ha tenido, y que es obvio que ha tenido. Y no permitirá que le afecten no porque sea un hombre integro o porque hace gala de una confianza de la que realmente carece, sino porque no tiene certezas de si su amor perdido está enamorada de alguien o de si está teniendo relaciones sexuales con ese alguien. La única certeza que tiene Costello es que, sea lo que sea que su amor haya hecho y esté haciendo, "no es conmigo".

La primera estrofa presenta así el drama del pequeño hombre con grandes anteojos cuando se encuentra con Alison y se hunde en recuerdos y en realizaciones. Un breve estribillo encuentra al narrador diciendo que él sabe que el mundo está matando (figuradamente) a la chica, la está aplastando de alguna manera, y pronunciando la frase que da nombre al disco: My aim is true (que en este contexto podemos traducir como "sé que tengo razón" o "mi corazonada es correcta").

La segunda estrofa hunde más profundamente el bisturí. Sea porque Alison lo dice o porque el narrador le ve la mano, él comprueba que ella está casada. Ante esto, él se pregunta de forma ácida "Did he leave your pretty fingers lying in the wedding cake?": la pregunta, o más bien la aseveración, de que todo lo que enamoró a Alison de ese hombre desconocido quedó en la torta de casamiento: atrás, en el pasado, y que, por el paso del tiempo o por los cambios atravesados, las cosas ya no son lo que eran. Ellos han cambiado, el amor se marchita, y todo es un recuerdo. En el traje del narrador, Costello continúa afirmando (¿o recordando?) que Alison solía tener a su esposo "en la palma de su mano", en el sentido de que lo tenía prácticamente atado: probablemente su esposo estaba completamente cautivado por ella y dispuesto a hacer todo lo que ella requiriera. Pero las cosas han cambiado, y Costello afirma que esto seguro le jugó en contra a Alison: nuestro narrador apuesta a que su marido "tomó todo lo que podía": se abalanzó sobre ella, y como de un saqueo se tratara, extrajo hasta que no hubo nada más que extraer.

Los últimos versos de la canción revelan que la acidez y la frialdad del narrador son, como todos los seres humanos sabemos, fachadas defensivas y ficticias: aquellas detrás de las que nos escondemos y a las que echamos mano cuando sentimos que cualquier brisa podría derribarnos. Imaginamos al narrador impaciente, debatido entre seguir ridiculizando a Alison en su mente, y seguir sufriendo por ver cómo el presente los encuentra a ambos, especialmente a ella, a quien en un primer momento en su juventud amó de forma devota y no correspondida. Es entonces cuando el narrador confiesa que algunas veces le encantaría poder callarla, especialmente cuando "escucha las tonterías que está diciendo" (¿Qué cosas no soporta Costello? ¿Cosas sobre el marido de Alison? ¿La confesión de Alison de que las opciones que ha escogido no son las mejores?  ¿Recuerdos sobre el pasado?). La impaciencia de Costello es una impaciencia dolorosa, en carne viva, porque en el contexto de un encuentro fugaz que desata una tormenta de nostalgia no puede soportar la desesperación que siente al ver en quién se ha convertido ella, y en qué se ha convertido él lejos de ella.

La idea de que el encuentro se desarrolla en un ambiente nocturno, posiblemente de conquista, se refuerza en los últimos dos versos, que revelan una imagen clara (acompañada musicalmente, cuando las guitarras oscilan entre rasguidos fuertes y silencio total): Costello desea que "alguien apague las luces, porque no puede soportar seguir viéndola asi". Sea que Alison esté llorando o que esté soportando estoicamente el reconocer que las cosas no salieron de la mejor manera, es claro que el narrador siente el dolor de la chica y no tolera la injusticia (diríamos cósmica) de un encuentro tan casual como fatal para los recuerdos y la tranquilidad del presente. Uno prácticamente se imagina en su cabeza la proximidad física de ambos protagonistas, las miradas sin encontrarse, los silencios incómodos, el lento darse cuenta de todo lo que podría haber sido y nunca fue, y la frustración del narrador que oscila entre convertirse en ataques e ironías hacia ella y aborrecimiento hacia él mismo. Como oyentes, nunca sabemos si él finalmente la abraza y bailan despacio como vengándose del mundo (aunque venganza sólo en parte, puesto que bailan como antiguos conocidos y nada más), o si el silencio ahogado por la música del bar continúa estoico: Costello se limita a continuar su mantra, el que le da título al album, hasta el final de la canción en fade-out: que él sabe cuánto está sufriendo ella y que sus corazonadas son ciertas.

En una reseña sobre My Aim is True en Pitchfork, Matt LeMay sintetiza de forma brillante los primeros años de Costello: "Tenía el desprecio hirviente de un punk, pero a la vez una inteligencia transparente, una sensibilidad y un sentido de la melodía que lo hacía mucho más interesante que a muchos de sus contemporáneos. A los punks nada les importaba un carajo; Elvis no sólo era lo suficientemente sensible para que le importara un carajo, sino que también era lo suficientemente astuto como para estar enfadado y perturbado por ese carajo" [1].

Creo que esta caracterización da de lleno en el corazón del Elvis Costello que encontramos, con 23 años, componiendo y cantando Alison: una canción extremadamente madura, sólida y hasta roída por los golpes de la vida. Una canción que habla del desamor, pero no de una simple ruptura, de un desencuentro o de un amor imposible, sino de un amor que podría haber existido de no habérsele interpuesto el mundo. Una canción sobre lo que nunca sucedió (y debería haber sucedido, si este fuera un universo justo). Una canción sobre el añorar de un pasado alternativo, sobre la nostalgia por cosas que nunca sucedieron.

[1] https://pitchfork.com/reviews/albums/1617-my-aim-is-true/

jueves, 10 de enero de 2019

England Is Mine (2017) - Los orígenes mundanos de Steven Patrick Morrisey

"La vida. En este sentido monótono, vale la pena evitándola.
Es la fábrica para el padre,
y la cocina para la madre.
Es discusiones en la mesa de la cena,
niños desaparecidos en las noticias
Y a través de todo esto, el sentido de que las cosas
se están desmoronando, lentamente.
¿Es mejor elegir otro registro,
voltear la tapa de las píldoras,
y esperar que algo pase?
¿Es mejor apagar las luces 
subir bajo las cubiertas
hasta que el sueño te invita a un mundo que siempre has querido?
¿Es mejor que el que está ante nosotros?"

Con este inusualmente sentido monólogo interior comienza England Is Mine, el biopic no autorizado que retrata los seis años que Steven Patrick Morrisey combatió contra el mundo entre 1976, fecha en que comienza tímidamente a explorar sus dotes musicales, y 1982, año en que conoce a un sencillo y lleno de acné Johnny Marr, con quien fundaría The Smiths.

Quienes sólo conocen a Morrisey por su carrera solista o por su historia con The Smiths probablemente no imaginen los mundanos y poco factibles orígenes del personaje irónico, agresivo, melancólico y autoflagelante que años más tarde fue sistemáticamente proyectada por la persona que le sirvió de base. The Smiths es, ya de por sí, una banda dificil de clasificar: son rock alternativo de la primera época, pero con un coqueteo con el jangle rock y las melodías pop que nunca se disimuló. También aparece en las listas de New Wave y hasta de Post-Punk, especialmente su primer disco, que suena apenas chato y sin vida, casi como un disco de Joy Division, pero producto de una pésima producción de estudio. Llamarlos 'indie' sería un anacronismo por casi una década, aunque hay una constante de sencillez y pies-en-la-tierra en sus cuatro discos de estudio publicados entre 1983 y 1987. Y sin embargo, hay algo de cada uno de esos géneros en las guitarras limpias de Marr, en los bajos increiblemente inspirados pero sencillos de Rourke, y en la melodía a veces descerrajada, a veces chillona, de Morrisey.

Precisamente, una banda esquiva, cuyo nombre ya de base era una crítica a las ampulosas titulaciones de bandas contemporáneas como Orchestral Manouvers in The Dark, tenía que tener orígenes igualmente esquivos. Y si bien England Is Mine termina justo cuando Steven Patrick Morrisey se convierte en Morrisey a secas y se encuentra con Johnny Marr, a mi criterio descolla como una crónica de las distintas matrices que parieron al cantante, que una vez nacido y con la fuerza de su carácter, intentó conquistar su tierra (quizá incluso el mundo). En tal sentido, una historia de The Smiths es una historia de Morrisey, y por transitividad, England Is Mine es sobre The Smiths.

Después de haber leído la autobiografía del tipo, queda claro que la película es fiel tanto a la personalidad del peculiar inglés como a esas matrices que nombro. Tres me parecen centrales.

En primer lugar, y algo quizá obvio, England Is Mine es una narración de cómo la bipolaridad de Morrisey, que en 1976 y con tan sólo 17 años oscilaba entre la timidez y la introversión y la agresión y el narcicismo desmedidos, se va abriendo camino por el mundo, a los golpes. Y esto en un sentido casi literal: alejando a ciertas personas y atrayendo otras, omitiendo las críticas y los elogios externos, y arrollando a casi todo ser humano que se le cruzara. Quienes seguimos algo de cerca la vida y los dichos de Steven entendemos que sólo hay dos alternativas: que no nació como es o se muestra, y su imagen es producto de un trabajoso esfuerzo por construir una pantalla específica (en ese caso, aplausos por el tesón), o que Morrisey de hecho nació así, y ha sostenido su escencia durante ya casi seis décadas. England Is Mine parece inaugurar una tercera opción: que Morrisey, nacido Steven Patrick Morrisey, era ya de adolescente un joven autocentrado, egocéntrico pero sensible y apasionado por el drama y la finitud, y que son los atentados de la vida diaria los que van puliendo su carácter. Estos atentados toman la forma de eventualidades que Morrisey decodifica como traiciones (abandonos de su primera banda), como servidumbre voluntaria (fracasos constantes y sufrimiento crónico por empleos mundanos), y como el avance de las fuerzas de la realidad, inexorables: la enfermedad mental, el suicidio, la decadencia y la muerte. Cuando una de las (únicas) amigas de Morrisey le espeta a nuestro cantante que tiene que dejar su actitud pasivo-agresiva y negativista porque el mundo no va a ir por él, este disiente: "[El mundo] podría hacerlo". Y entonces no sabemos si esta hipersensibilidad por lo mundano es un punto de partida o un punto de llegada. En este aspecto, England Is Mine es en parte un 'cuento de origen'.

Este Morrisey es muy similar al autor de esta entrada.

Pero, como queda claro a partir de usar el sentido común y de reparar en las trescientas páginas de la autobiografía que Morrisey dedica a hablar de su infancia (la mitad del libro), nuestro inglés no nace de un repollo, y su ambiente más inmediato parece tener algo que ver en la gesta de su forma peculiar de ver el mundo. Morrisey es hijo de irlandeses católicos tradicionales emigrados a Inglaterra, con una familia numerosísima y arborizada, también marcada por la mediocridad, la tragedia, la muerte (para Steven vienen a ser sinónimos). Si bien la película no desarrolla este aspecto, limitándose a enfatizar el 'hogar roto' del Morrisey adolescente, sí explicita ciertos elementos que nos alumbran el camino de la gesta del héroe: sus padres separándose, una hermana mayor que es un conflicto constante, la dulce pero mortífera somnoliencia de la vida cotidiana del Manchester de clase media de los '70, y -esto es clave- una temprana estimulación por la exploración del mundo del arte, en la forma de música y de literatura. Los productos de esta estimulación temprana son claros y han sido una constante en la vida de Morrisey: una marcada sensibilidad por la música pop y el R&B de los años '50 y '60, una glorificación de los ídolos musicales, y una atracción intensa por el glamour que destilan esos personajes.

Steven Patrick y Linder Sterling. Una amistad de película.

Morrisey nunca ocultó su pasión por el pop y el R&B de aquellas décadas, al punto que era casi la mitad de su discografía hacia 1976. Y de hecho, la gota que rebalsó el vaso once años después en The Smiths y provocó que Marr dejara la banda era que Morrisey insistía en dirigir a la banda hacia esos géneros, incluso instando a grabar covers de canciones clásicas (el gusto ecléctico de Marr, que con todo estaba claramente basado en el rock, no lo soportó). Pero los orígenes pop del 'pequeño Morrisey' no permanecieron sin contaminarse durante mucho tiempo, dado que Steven vivía en un país que, en términos musicales, explotó en varias direcciones diferentes en los años 70. Y este es el tercer aspecto o 'matriz' que considero England Is Mine describe de forma exacta, casi a la perfección, retratando una década que inicia con la separación de los Beatles -algo así como el canto del cisne de una banda que marcó una época y quizá la historia- y que asiste a cosas tan radicalmente disímiles como la consolidación del hard rock y del heavy metal, el ascenso y caída del rock progresivo, y, por supuesto, el nacimiento del punk, cuya muerte temprana daría lugar a géneros como el new wave, el no-wave y el post-punk.


Morrisey (Jack Lowden) en su primera banda, The Nosebleeds

En efecto, Morrisey comparte país y década, e incluso región, con ilustres personajes y bandas, todas en un proceso meteórico de desarrollo. Por poner sólo algunos ejemplos: es hacia 1976 que Ian Curtis entra en contacto con Peter Hook y Bernard Sumner en un recital de punk (Sex Pistols o The Buzzcocks, no recuerdo) y funda Joy Division, que muere cuando Curtis se cuelga en su cocina a mediados de 1980. También es entre 1976 y 1977 que funciona la seminal y controvertida Sex Pistols: una banda que en poco más de 14 meses provocó más disturbios que canciones pero que en cada recital que efectivamente tocaron, permitieron que personas con gustos similares entraran en contacto, formaran bandas y continuaran su camino. The Clash, otra banda inglesa de punk y que aparece mencionada en la película (Morrisey destruye a Strummer y su lírica) estaba hacia 1977 en plena fase "canciones rápidas y de 2 minutos máximo", dos años antes de romper todo con el inclasificable "London Calling". Todo esto tan sólo 3 años después de que The Velvet Underground se hubiera separado. Pero los punks, a su vez, no habían nacido de un repollo: habían aparecido como respuesta a la pretenciosidad ilustre y a menudo excluyente de los otros rockeros viejos (el rock progresivo) y como intento de "volver a lo básico" contra la teatralidad y la superficialidad del glam rock. Dado que la historia se desenvuelve inexorable y el mismo hoy ya es pretérito, no habían pasado muchas semanas desde la defunción de Sex Pistols (la banda 'ícono' y cara visible del punk) para que el propio cantante de la banda, John Lydon, formara la que es ampliamente reconocida como la primera banda post-punk (a pesar de que el punk seguía vivo, en Inglaterra y en Estados Unidos): Public Image Limited, que mezclaba reggae con avant-garde y drone y que ya contaban con un album hacia 1978. Es hacia este año que podemos ubicar el inicio de la proliferación de grupos musicales que combinan guitarras limpias (sin efectos) con teclados o marimbas (Talking Heads), o distorsión con sintetizadores (The Cure, Magazine), todo esto mientras el punk sigue proliferando (Siouxie and The Banshees, Wire, etc.) y mientras personajes eternos de la música que ya habían hecho contribuciones seminales a la escena, como David Bowie e Iggy Pop, continuaban produciendo sendos éxitos.

Esta es parte de la compleja e inverosímil panorámica de la música inglesa (o "internacional") hacia 1976-1977. Morrisey bebe de todas estas fuentes, y aunque ciertamente no fue único en hacerlo, sí fue único al momento de sintetizar algo propio a partir de estas influencias (que dicho sea de paso, fue un 'algo propio' muy peculiar, puesto que The Smiths es dificilmente comparable con Roxy Music, Sex Pistols, Talking Heads o Patti Smith). Todo esto es patente en England Is Mine. Al momento de citar influencias para convocar a interesados en formar una banda, el joven Steven nombra a Patti Smith, Roxy Music y a Lou Reed. Cuadros de Bowie decoran su cuarto, y el casette de Roxy Music (que hasta 1974 había contado con la presencia de Brian Eno) es omnipresente. También hace una aparición breve Mott The Hoople, la banda que se haría célebre por "All The Young Dudes", escrita especialmente por David Bowie. La primera banda que Steven integra y con la cual se presenta en público, la banda que le hace sentir que tiene realmente un lugar en el mundo, tiene la lírica peculiar de nuestro personaje y cierta teatralidad que recuerda a Roxy Music, pero también tiene la agresión y velocidad de una banda punk. El joven Steven también asiste a un recital de Patti Smith con Linder Sterling, una chica que parece una groupie de Siouxie & The Banshees y que de hecho fue de los afectos más íntimos de nuestro cantante, con quien Morrisey intercambia de forma relajada retazos de literatura inglesa, estados de ánimo y agresiones vacías. Es el mismo Morrisey que disfruta en 1982 estando en una discoteca, pero completamente aislado, con su walkman portatil, oyendo pop del estilo de The Marvelettes.

En esta cacofonía de voces navega Steven Patrick, que, como nos ha sucedido a todos alguna vez, se debate entre ser un engranaje del sistema y seguir su pasión, agravada la situación por el hecho de que en términos concretos, hasta 1982 dicha pasión no daría demasiados frutos. El monólogo que abre la película, y que reitero me parece impactante, tiene un sentido específico al comienzo del film, y otro completamente distinto hacia el final de la historia, cuando Morrisey, cansado de las agresiones impiadosas de un mundo que él cree está en su contra, y agotado de navegar a través de personas insípidas y empleos redundantes, comienza a atiborrarse de clonazepam para combatir la depresión que se le instala cuando su primera banda se separa por la partida del guitarrista. Parafraseando a este complejo muchacho inglés, está a la deriva en todo orden vital. La situación emocional del espectador empeora porque Jack Lowden, el actor, con sus ojos azules, su tono y su desdén, es realmente muy similar a Morrisey, representándolo de forma convincente. Y a medida que el personaje va adaptando el estilo y la estética por las cuales se haría conocido a partir de 1983, su angustia y su malestar se vuelven aún más creibles.

No hay una relación directa entre la escena musical caótica de Inglaterra de fines de los '70 y el tedio mental de Morrisey, claro. Pero sí hay un vínculo entre la efervescencia provocada por esa escena, los sueños de éxito y realización que disparó, y la desesperación del cantante por hacerse un lugar en el mundo a través del arte, sin traicionarse ni volverse una réplica de los demás. Cuando finalmente Morrisey se desploma, es su madre quien acude, dándole esos consejos que siempre deseamos que nos dieran a nosotros, y en una de las escenas más conmovedoras de la película. En tal sentido, England Is Mine también descolla en mostrar cómo la implicación emocional de Morrisey tiene en su raíz un tipo de angustia que es casi universal, y que reposa en el rechazo (mutuo y ajeno) y en el sentimiento de inadecuación (o de no pertenecer). El film retrata de forma clara el solapamiento del laberinto musical de Morrisey con su laberinto personal, del cual no estamos muy seguros de que haya salido alguna vez.

Dos puntos adicionales son dignos de considerarse: primero, la película abunda en referencias a canciones de The Smiths, pero de una forma muy original, velada y poco cliché (es el propio Morrisey tirado en el piso que hacia el inicio de la película dice que la vida es demasiado corta para clichés, y el director Mark Gill parece haberle hecho honor a la afirmación). En efecto, más que referencias explícitas, la película muestra a través de imágenes o tomas concretas de escenarios, rincones o pasadizos que los personajes, las vivencias, las emociones y las diatribas de las composiciones de Morrisey se afincan fuertemente en su vida y en sus experiencias de Manchester: las canciones que escribiría y publicaría con The Smiths años más tarde descansarían sobre los ríos inclementes y las piedras que llaman a los angustiados a que se arrojen (Shakespeare's Sister), sobre reuniones en cementerios para festejar la vida y llorar la muerte (Cemetery Gates), sobre las peticiones de la carne de las chicas zonzas que Morrisey desoye por considerar poco atractivas y poco iluminadas (Pretty Girls Make Graves), sobre lo chato de perseguir un futuro laboral por sobre las aspiraciones artísticas (Frankly Mr. Shankly), sobre el expulsar a los afectos y amores de nuestra vida sabiendo que es lo que menos deseamos hacer pero que es preferible a la alternativa de retenerlos y preocuparlos (Asleep). La antepenúltima escena de la película es de hecho un montaje compuesto por los diversos escenarios por los que Morrisey ha pasado a lo largo del film: ahora las callejuelas, los pasadizos, los escenarios y las vías de tren se encuentran vacíos, y se ven de forma panorámica. Una metáfora doble, creo, para indicar cómo los lugares sin personas son lugares vacíos y desolados y no mucho más (esa imagen decadente y lúgubre que Morrisey siempre comunicó con desazón en sus letras), pero a la vez para señalar precisamente cómo esos lugares vacíos nos definen y nos forman.

Segundo, es óptimo que la película finalice con el encuentro que sería la chispa de The Smiths: un tímido pero rockero Johnny Marr que contacta a un Morrisey en ciernes (ya casi no queda nada de Steven Patrick). Ir más allá de este momento sería, creo, arruinar la 'historia de origen'. Es interesante ver cómo en este momento la película juega con un tópico que no es abordado en el filme: la sexualidad ambigua de Morrisey. Nuestro cantante inspecciona de forma cuidadosa a Marr mientras este revisa la habitación, los libros y los discos de aquel, y la inspección parece ser tanto física (sexual) como abstracta, de un tipo más general. Morrisey, que con sus lentes y pelo en 'jopo' ya casi ha reemplazado su introversión y timidez originarias con un estilo imponente y soberbio, parece estar juzgando el calibre del muchacho que tiene delante, con un subtono ligeramente erótico. Después de tantos desengaños (afectivos y artísticos), es comprensible su precaución al momento de invitar a un desconocido a otra empresa que, de fracasar, puede costarle muy caro.

A Star is Born. Para vos, Lady Gaga.

Pero, como algunas cosas sí resultan en este mundo, ambos fijan un horario para encontrarse y ensayar al día siguiente. Por un lado, Marr lee las letras de Steven Patrick y compone algunas melodías que, ahora sí, ya presagian ese sonido limpio, peculiar y abundante de The Smiths. Steven Patrick, por otro lado, aguarda. Y al día siguiente, en el horario acordado, alguien acude a la puerta del guitarrista. Un vidrio opaco nos impide ver a través de forma clara, mostrándonos sólo la silueta distorsionada del hombre al otro lado. Pero la silueta, la postura y la propia historia bastan para dejarnos en claro que no es Steven Patrick Morrisey quien está llamando a la puerta, sino Morrisey. A secas.