viernes, 30 de noviembre de 2018

LCD Soundsystem - American Dream, "tonite" y la venganza de James Murphy

Para los que hacia el 2000 estaban pendientes de la escena musical 'alternativa', LCD Soundsystem no necesita mucha presentación. La banda liderada por el bellísimo y anti-climático James Murphy tomó forma entre el 2001 y 2002, y después de circular por el under y grabar algunos demos, publicó "Losing My Edge", una canción hipnótica que nace del temor de volverse un melómano snob y que recuenta, precisamente, todos los lugares, figuras y discos que Murphy conoció durante su extensa vida pre-LCD.

Y lo de extensa acá es clave, y es lo que me interesa usar como línea de análisis en esta reseña. Y es que, como saben los que siguen a la banda, James parece tener una semi-obsesión con el hecho de que es viejo (nosotros discutiríamos "viejo", pero le concedemos que ya 'está grande'). Objetivamente, Murphy ingresó al ámbito musical con 30-32 años. Si pensamos que en el 2000 las bandas que estaban explotando y redefiniendo el rock y la electrónica eran grupos de veinteañeros, el contraste es claro (desde Strokes a Franz Ferdinand, Interpol, e incluso Radiohead, la mayoría no pasaba los 25 años). Más importante, Murphy hizo su ingreso trayendo consigo un bagaje musical muy obscuro, la mayoría del cual seguramente desconocían sus contemporáneos. Por ejemplo, Thom Yorke y compañía se hacían los raros en el 2000 escuchando Miles Davis, Fela Kuti y Brian Eno, más el catálogo de Aphex Twin (Dios bendiga a los chicos de Oxfordshire). Pero Murphy había consumido música que realmente no aparecía ni en los charts ni en las listas ni en las reseñas de Christgau, lo había hecho de jóven, y lo había hecho de forma casi obsesiva. De hecho, Losing My Edge sirve como guía: junto a Joy Division y Public Image Limited, aparecen mencionadas figuras tan nodales como practicamente desconocidas por el mainstream: Larry Levan, Pere Ubu, Royal Trux. En la cabeza de Murphy conviven la electrónica más bailable con el punk más clásico con el post-punk híbrido con David Bowie.



Murphy, que se habia desempeñado en los tempranos '2000 como DJ, se rodeaba de gente más jóven y menos ecléctica que él, y el contraste que percibía entre sí mismo y lo que entonces era la escena musical fue parte importante del impulso que caracterizó a LCD Soundsystem. Murphy explica que Losing My Edge nace precisamente de la neurosis y ansiedad de insertarse en un medio conocido y desconocido a la vez, y empezar a ser cooptado y cambiado por ese medio:

"when i was djing, playing can, liquid liquid, esg, all that kind of stuff, i became kind of cool for a moment, which was a total anomaly. and when i heard other djs playing similar music i was like: ‘fuck! i’m out of a job! these are my records!’ but it was like someone had crept into my brain and said all these words that i hate. did i make the records? did i fuck! so, i started becoming horrified by my own attitude. i had this moment of glory though. people would use me to dj just to get them cool. they’d be like ‘it’s the cool rock disco guy’ and this was really weird. and to be honest i was afraid that this new found coolness was going to go away and that’s where ‘losing my edge’ comes from. it is about being horrified by my own silliness. and then it became a wider thing about people who grip onto other people’s creations like they are their own. there is a lot of pathos in that character though because it’s born out of inadequacy and love.”[1]

El disco que alojó a Losing My Edge, el homónimo de la banda, fue nominado a varios premios. Otro de sus temas conocidos, "Daft Punk is Playing at My House", ganó un Grammy. Bla bla bla, todo eso pueden encontrarlo en la pagina de Wikipedia.

"All My Friends", la canción de LCD de 2007 que también fue hitazo, registra tonos similares a los de Losing My Edge. Tiene una estructura más narrativa y el motiv de la juventud y del conocimiento de la música no está en la superficie: a simple vista es una canción sobre el desarrollo y la ruptura de una relación. Pero la influencia de bandas obscuras como Can!, de Neu y de Faust es obvia (esa repetición hipnótica te la robo, amigo), y sí es explícita la descripción sin emoción y hasta irónica de todo un tramo de la vida, que puede terminar con el narrador observando a sus hijos (o a jóvenes desconocidos) y descubriendo que la muerte es eso: "When you're drunk and the kids look impossibly tanned / You think over and over, "Hey, I'm finally dead". La vida es eso que pasa entre el nacimiento y la súbita realización de que somos espectadores (de un espectáculo ridículo, compuesto por las nuevas generaciones).

En mi opinión, de todo el catálogo (que conozco) de la banda, el "tema" de Murphy con la edad, con la juventud, con el futuro y con la muerte eclosiona fuerte en el último y bellísimo album de la banda, "American Dream".

American Dream es una maqueta extraña. Tiene momentos introspectivos y amorosos ("oh baby"), episodios maníacos ("call the police, CALL THE PREACHERS", "tonite", "EMOTIONAL HAIRCUT"), y cortes extremadamente desgarradores ("change yr mind"). Mención de honor a "i used to", una oda a la nostalgia y a la inocencia perdida a través de la presión inducida por el amor, que he cantado y tarareado como soundtrack de mi vida más de lo que me gustaría reconocer. American Dream se merece a mi criterio el haber debutado en el #1 del Billboard, y más. Es un disco extenso, pero variado y coherente (la coherencia en los albumes no ha sido un fuerte de LCD Soundsystem, y en este disco, que compone diversas 'landscapes' sónicas con cierta unidad subyacente, es bienvenida).

Pero lo que más me fascina del disco es, precisamente, que Murphy continúa con el motiv de la vejez y la decadencia. Y esto parece intensificarse a medida que pasa el tiempo. Lo cual es lógico, ¿verdad? ¿Qué mejor que intensificar la crónica de cómo el mundo parece dejarte atrás cuando, efectivamente, tenés más canas y panza que el 90% de los músicos que salen en Jools Holland? Poco parece importarle a Murphy que su fanbase lo ama y lo sigue de forma fervorosa (la despedida de la banda cuando entraron en hiato, "The Long Goodbye", vendió 20.000 entradas en tiempo record). Pero ese es el punto: poco importan 20.000 voluntades individuales cuando uno mismo está seguro de que está demasiado viejo para el ruedo, y de que representa una voz 'anciana' en una escena dominada por los jóvenes.

Esa es la epopeya de Murphy: sobreponerse a los fantasmas de la decadencia y la vejez, que están más en su imaginación que en la realidad. Y aunque hay frases sobre la vejez y la decadencia en el disco (una voz agónica en "change yr mind" dice "I'm just too old for it now / At least that seems to be true", y se nos estruja el corazón), la canción de American Dream que refleja todo este asunto es el glorioso single del disco, "tonite".

Sin hacer una disección odiosa y exagerada de la canción, "tonite" es James Murphy en una cáscara de nuez: es James Murphy el músico, y es James Murphy el consumidor de 3 décadas de música que se siente alienado de todo lo que lo rodea. Es un hombre grande y amargado, enojado y sardónico. ¿Enojado con quien? Con la escena musical, donde todos "cantan la misma canción". ¿Qué dice la canción? "Tonight, tonight, tonight". Es tragicómico, porque la cancion que Murphy detesta es practicamente toda canción electrónica o semi electrónica o incluso pop que satura las radios y los singles Spotify todo el tiempo: que hablan de fiesta, y de sexo, y de la gratificación inmediata. Son canciones que Murphy conoce muy bien de sus largos años como DJ.

Estas canciones, canta Murphy, son las que reinan en las ondas de radio, "o lo que queda de las ondas de radio", luego de una supuesta época de oro perdida, y se mantienen gracias a una psicología de marketing tan berreta como efectiva. Todos escuchamos el mismo single una y otra vez, y todos terminamos repitiendo lo mismo, y todos "terminamos sintiendo las mismas cosas" (cómo el pop hecho para vender y dirigido a las masas aplasta y uniforma la experiencia es, claramente, otro de los targets de Murphy).

Es dificil no ver esto al menos como una crítica indirecta al éxito de temas como "Get Lucky" de Daft Punk -una banda que Murphy parece adorar y detestar a la vez, y un single/hitazo que rompió el año 2013-. Y es que estos temas precisamente giran en torno a un universo tan fantasioso como autocontenido de fiesta y conquista y batalla de géneros, donde todo es ya, ahora, esta noche. Todos queremos el "touch me touch me touch me tonight", eso está claro: pero algunos se dedican a cosechar exclusivamente eso. El problema para Murphy no parece ser la noche en sí, sino cómo el énfasis en esa inmediatez hace que el resto de los días y de la vida se agrieten y se desvanezcan. Y, en papel de anciano que gruñe, Murphy apunta que quienes cultivan esos temas de forma exclusiva (es decir, quienes sólo viven de consumir aquello que les es servido en bandeja y pre-digerido) son esos "chicos fabulosos" que se preocupan por conseguir esas "zapatillas de edición limitada".

Lo interesante es que, aunque con fines irónicos, Murphy canta en primera persona, ubicándose (quizá por gusto, quizá por parentesco de sangre) con los grupos que quieren el tonight, tonight, tonight. La apropiación del estilo al que critica es total, por supuesto, y la elección artística se mezcla indistintamente con la crítica: Murphy canta como un infiltrado, y trata de describir la triste realidad y comunicar un mensaje esperanzador.

"Todos los hits dicen lo mismo", vuelve a cantar Murphy, y si le creemos a esos hits, entonces "todo lo que hay", o "todo lo que queda", es esta noche. Y aquí entra la acidez de un tipo como James, tan necesaria en un contexto como el descrito: si todo se reduce a esta noche, entonces la vida es finita (un mensaje anticlimático que ningun éxito pop reconoce), y para tipos como él, esa finitud se vuelve una eternidad. Traducido al argentino, diríamos que Murphy canta que ese fin "no llega más". Ya transformado en un integrante apócrifo de esas bandas detestables, Murphy le dice, lapidario, al oyente, que este se está volviendo viejo. Pero, otra vez, esto no es tanto algo malo como algo positivo: nadie puede detener ese inexorable avance hacia el fin, y a menos que hayas alcanzado tu mejor momento (lo cual es dudoso), el futuro puede deparar cosas buenas. En una frase hermosa, Murphy describe esta paradoja: "El futuro depara mejoras, a menos que hoy día seas tan ganador que el futuro sea necesariamente una pesadilla". En definitiva, a través de una canción tan pegadiza como destructiva, Murphy está ofreciéndole al oyente "una oportunidad para vengarse" (del tedio de los hits manufacturados, de la sensación de exclusión del sistema o de la escena musical, etc.).

En la antepenúltima estrofa, Murphy se sincera totalmente: ante el oyente que pregunta quién es el narrador, o qué es lo que quiere, este último responde que es "sólo un recordatorio", "un veterano cojo de la época de las tiendas de discos", que está ahí para embestir contra la seguridad sucia y dañina de los varones, usando sus "desvaríos tardíos propios de un tipo de mediana edad". La imagen que da Murphy en el videoclip oficial es ilustrativa: se lo ve totalmente serio, caminando en círculos alrededor de la banda, con auriculares de los '80 y cantándole a un micrófono antiguo conectado a un equipo de música portátil igualmente antiguo que lleva colgado. Es el juego de Murphy: criticar, pero de forma simétrica: embestir, pero también exponerse y mostrarse vulnerable. Esto eclosiona en la última estrofa: Murphy capitaliza su propia experiencia y explica que es falso que uno esté condenado a ser fastidiado y apaleado por no pertenecer, o que uno se está perdiendo una fiesta que jamás podrá superar, o que uno esté malgastando su juventud siendo parte del decorado. El ambiente creado por el abrasivo ambiente "pop" es falso, y lo que dicen esos falsos profetas en sus canciones pegadizas "son todas mentiras", porque todos estamos en la misma situación, porque nadie corre con ventaja, y porque en definitiva no somos esclavos de las 'ondas de radio'. Y esas son buenas noticias.


American Dream, y particularmente "tonite", suenan entonces como la venganza de James Murphy: es "una canción de amor", pero más precisamente de amor propio. Es una canción que quiere lo mismo que todas las canciones y artistas ("hacerte llorar", pero apelando a nociones poco convencionales y mucho más existenciales que las usuales). Es la crónica del propio cantante, que (no me parece demasiado pretencioso decirlo) continúa buscando su redención como músico original, que no encaja fácil en la escena contemporánea y que ha sufrido un trecho por ello. "Tonite" es la experiencia del consumo y de la producción musical variadísima de un hombre mayor (son palabras de James), procesada durante décadas en los engranajes de los sets, las habitaciones oscuras y los pensamientos obsesivos, y volcada en un formato electrónico y dance amigable para el mainstream pero que precisamente lo ataca y eviscera.

Murphy, que no parece poder con su genio, es el enemigo del sistema que se infiltra para comerlo desde dentro, y mientras cosecha éxitos y premios. Uno no puede evitar preguntarse si era necesario. ¿Con qué fin tamaña maniobra? Una respuesta es que de lo que se trata es de armar una narrativa tranquilizadora pero estimulante: una narrativa que uno (sea joven o adulto o viejo) pueda repetirse a sí mismo, y que nos recuerde que allá afuera hay más cosas que la pista de baile. En otras palabras, una historia que nos recuerde que es una buena noticia que estemos envejeciendo todo el tiempo, que nos resalte que hay más cosas que las que vemos en lo inmediato, y que nos subraye que el futuro depara buenas cosas (a menos que seamos perfectos, de forma que lo único que resta sea decaer). "tonite", LCD y la historia de James Murphy nos recuerdan que esas ideas acerca de que lo mejor ya pasó, que uno es parte del decorado, y que la realidad es esa que narran esas canciones que buscan el "tonight", son, en palabras de James, "todas mentiras". ¿Se puede ser más punk que eso en 2018?


[1]: http://www.ireallylovemusic.co.uk/interviews/lcd_soundsystem.html

viernes, 24 de agosto de 2018

The End of the Tour (2015): Foster Wallace y la broma infinita de volverse uno mismo

A veces me aterra que me recomienden películas. Me sucede con las obras audiovisuales en general: siento que contraigo un pacto secreto, íntimo y muy pesado con quien me recomienda un disco o una canción o un libro o lo que sea. Siento que es una trampa mortal: no puedo rechazar la recomendación (es inmediata, incisiva, un disparo). Al instante que la profieren, por defecto la estoy aceptando. Y con eso estoy aceptando que cuanto menos voy a prestar algo de tiempo y esfuerzo en evaluar la obra que me estan recomendando. Pero, ¿y si no tengo tiempo? ¿Y si no tengo fuerza? ¿Y si prefiero volver a ver por cuarta vez True Detective a ver el puto capitulo inicial de una serie de 7 temporadas sobre una familia que maneja una funeraria? No puedo no aceptar porque no soy una basura, y ahora el destino se bifurca, y las opciones son todas terribles: en el mejor de los casos el capítulo es una bosta, y sólo perdí 60 minutos de mi vida, y empieza el baile de cómo racionalizarle al interlocutor la explicación de "sí, me encantó el capitulo la voy a ir viendo" sin aclarar que el lapso temporal en que lo vas a hacer abarca toda tu vida mortal. En el peor de los casos el capitulo es una maravilla y listo, ya está, voy a perder 8400 minutos de mi vida viendo toda la serie para en definitiva sacar algún par de escenas memorables, alguna exigua enseñanza para la vida y en general un tema que sólo puede servir para tragos mediante levantar al 0,0000001% de las mujeres heterosexuales de este planeta.

Es mucho peor cuando la recomendación es vehiculizada con pasión o intensidad, lagrimas-en-los-ojos, esto-es-lo-mejor-que-escuche-en-mi-vida, "esta película me hizo perder la razón y terminé comiéndome mis propias heces en un Sanatorio durante 11 meses". Dios, ¿y si es una cagada? ¿Y si el primer disco experimental de Sia es PEOR que lo más comercial? ¿Y si la literatura rusa no es lo mio y a las 10 páginas de Gógol dejé el libro de lado y me estoy masturbando porque mi interés por rastrear el orígen del título de un lado B de Joy Division no es más fuerte que mis ganas de acabar pensando precisamente en quien me regaló el libro? ¿Cómo procedo?

Porque ese es el quid del asunto: la recomendación se profiere, mis oídos la captan, mi rostro (automaticamente) pone una mueca receptiva. Doy todas las señales de que a) sí, b) estoy muy contento de que me recomiendes algo y c) voy a dedicarle una atención y energía obsesivas a fagocitar a mi mente esto que me recomendás, d) de ninguna manera voy a ignorarlo ni mucho menos ver el capitulo por arriba, escuchar la canción mientras cocino, leer el libro a lo largo de 46 años (el implícito de todo el pacto en sí: el grado y seriedad con que acepte tu recomendación es el mismo grado y seriedad con que te tomo y valoro como persona y afecto en mi vida). Pero supongamos que sí, que interrumpo mi vida, consumo el item recomendado, y ugh, no no no, esto es cuanto menos mediocre cuanto más una bosta, ¿cómo procedo?

Si es una interacción cara a cara y me acaban de mostrar una canción, y mi interlocutor no es hijo de hermanos, una mueca medio agraciada y un "¡Buenisimo!" es un insulto a su inteligencia: estoy acorralado, no puedo fingir agrado pero tampoco puedo ser abiertamente desagradable. Una frase algo entusiasta, un contacto visual vergonzoso, y sentirme sucio y degenerado: acabo de aplastar la ilusión con que me recomendaron algo. Si es una interacción virtual quizá el asunto no es mucho mejor: "¿Viste la serie que te recomendé hace dos semanas?" es el equivalente lingüístico del calor general que te recorre el cuerpo en ese microsegundo que pasa cuando duchándote te resbalás no llegás a agarrate y entendés que listo, ya está, así te vas de este mundo, nuca rota, en pelotas y a que te encuentren dentro de diez días por el olor a moho que sintió Nora la vecina del 8ºD. No hay respuesta intermedia entre "No, no vi tu serie de mierda, soy un asco que no le dedica tiempo en su vida a más cosas que las que él cree importantes" y "Sí, vi tu serie y me encantó y ¿quién mierda me devuelve esas dos semanas de mi vida?". La opción más saludable es tirar el celular al piso con mucha fuerza pero en mi experiencia el aparato tarda un minuto en apagarse del todo, y ese minuto sin respuesta habla por sí solo: me cagué en tu recomendación o sí, la tomé a bien y ahora tengo un problema con eso.

Recapitulando, siento que las recomendaciones de productos artisticos, especialmente cuando vienen de personas allegadas y algo emocionadas, son un pacto inmediato, total, masivo, importantísimas. Es un contrato, es normativo, unidireccional: No tengo más que dos opciones: considerar seria y profusamente la cosa recomendada e iniciar un descenso espiralado hacia la obsesión y el sobreanálisis -porque no puedo disfrutar de las cosas como una persona normal-, o ignorar la recomendación, ponerla bajo la alfombra, y ser una mierda, y hacer sentir mal al otro. Una frase que circula por Internet acompañada de un dibujo digno de un oligofrénico dice algo asi como que "Si alguien te da una canción escuchala porque te está dando un pedazo de su corazón". Bueno, esa frase de mierda y la verdad que encierra me hacen más mal que la inflación y que a quienes odio sean felices.

Este es el trasfondo que se ejecuta cuando mi ex me recomienda de la nada "The End of the Tour" (2015), "una película que te va a re gustar". Por suerte es por la vía virtual, lo cual hace que el primer paso sea sencillo: "Buenisimo, la voy a ver". Pero el segundo paso, el chequeo, ugh, si llega a suceder -porque hay chances que siendo mi ex no haya chequeo empírico- va a ser un garrón, porque probablemente no vaya a ver la película, querida: ahora mismo soy objeto de una conspiración universal cuya meta es hacerme infeliz y puta que el plan va a la perfección, y no tengo ganas ni tiempo ni energia.

Sin embargo, hay una brecha en esa conspiración universal. Alguno de los energúmenos que tejen mi desgracia se quedó dormido y Google mediante descubro que la película retrata el tour de cinco días que el escritor David Foster Wallace (1962-2008) compartió en 1998 con David Lipsky, un periodista de la Rolling Stone. Wallace acababa de publicar "Infinite Jest", un libraco que había enamorado a la critica estadounidense, y estaba promocionando el libro por el país, como buen escritor que era, con una pata en la academia -daba clases en un college yanqui- y una pata en la vida real. Lipsky no cree que el libro pueda ser tan bueno, asi que hace lo que ninguno de nosotros haría para formarse un juicio propio: lo lee, y en algún momento de esa lectura putea por lo bajo al ver que es excelente, y se embarca en el tour con Wallace en calidad de corresponsal de la revista.

Wallace es una figura de la que yo había escuchado hablar bastante y de la que en alguna noche de insomnio me habia tragado su biografía versión Wikipedia. Nota del Editor: Por supuesto, al momento de hacer esta reseña no leí el libro porque cuesta dos mil pesos argentinos y todos los datos que estoy citando, excepto los de la película, son producto de una busqueda superficial, nada profunda y ad-hoc de datos sobre el tipo, cosa que igualmente responde al modus operandi de cómo creo que la mayoría de los veinteañeros con ínsuflas de escritores y críticos de cosas hacen sus reseñas (si no sabés nada del tema no escribís nada, y si sabés todo del tema no te quedás con escribir una entrada en un blog: es del delicado equilibrio entre no saber un carajo y saber todo, es del espacio que queda de llenar agujeros enormes con data fragmentada, de donde brota este género en el cual me inicio).

Mi interés previo por Wallace, y su carácter de autor que aman los hipsters hizo que rápidamente ese pacto vicioso de recomendaciones se transformara en algo más normal: una persona recomendandole algo a otra. Por supuesto, ví la película, que en definitiva es una road-movie indie cálida, sutil y por momentos, increiblemente emocionante.

Para mi grata sorpresa y confirmando mis prejuicios al modo de una profecía autocumplida, la película es un retrato fascinante de varios fenómenos, y en varios niveles. En primer lugar, es un retrato fascinante de la relación extraña que se genera entre dos escritores, o entre un escritor consagrado-pero-que-rehuye-a-la-fama como Wallace y un escritor recientemente iniciado, nervioso y ambicioso que tiene aun muchas copias de su primer novela de mierda en su casa y, además, que tiene el coraje de darle una copia al autor de 'Infinite Jest' -la incomodidad palpable de ambos cuando Lipsky le regala su libro a Wallace es exquisita-. Me refiero a esa relación de dulce complacencia que por momentos deviene en competición frustrada para volver a ser una relación de amistad, porque parafraseando al personaje de Wallace en la película, después de todo 'su libro no es la gran cosa' y los tipos más que escritores son dos neuróticos. Por momentos Wallace es el padre de Lipsky: centrado, maduro, con una lucidez sencilla que raya en lo ridículo. Por momentos, Lipsky es el único sano de los dos. La relación de padrinazgo mutable que parecen haber adoptado los dos escritores durante el viaje es utilizada de forma brillante en la película como recurso para reflejar uno de los tópicos centrales de la obra: que ninguno realmente sabe lo que está haciendo.


Por otro lado, es un retrato fascinante de la competitividad -mayormente velada, por supuesto- entre dos varones, entre dos machos (en el sentido biológico del término) y entre dos mentalidades idénticas pero a la vez distintas: la película muestra a Wallace como un autor que claramente está obsesionado por su imágen pública y por no controlar el relato y la historia que va registrando y eventualmente va a publicar Lipsky, sin embargo demostrando por momentos que lo que quiere es precisamente y después de todo controlar el relato y la historia de Lipsky. Se debate entre permitir y aceptar la pureza y naturalidad del relato espontáneo que va armando Lipsky, y explotar en pequeñas diatribas sobre cómo no le interesa lo que piensen de él, precisamente demostrando en el acto que le interesa bastante. Lipsky, con una mentalidad claramente más juvenil y oportunista, está decidido a retratar al Wallace real, al que no se muestra para nada en 'Infinite Jest' -o que se muestra tanto que se vuelve invisible-: al Wallace que vive apegado a sus perros que trata como a hijos, que no tiene televisión porque se volvería adicto a ella, que usa una bandana porque en cierto momento de su vida sintió que iba a evitarle que le 'estallara la cabeza', y que estuvo parte de su vida deprimido y usando el alcohol como anestesia crónica porque descubrió, a los 28 años, que quizá eso era todo y que su vida atascada no iba a cambiar jamás. Dado que la meta de la revista es vender ejemplares, cuanto más dramática la historia, más atractiva. Wallace, que es un neurótico pero no un idiota, percibe esto, y trata de encausar a Lipsky a lo largo de las respuestas que le va dando a sus preguntas constantes y a su grabador constantemente irritante. Lo exquisito en este punto es que Wallace falla cada vez, diciendo una cosa para luego percibir el conflicto de una respuesta poco o nada auténtica, desdecirse y ser progresivamente más honesto; y Lipsky, por su parte, falla cada vez en el intento de ser coherente y mantener solo una de sus dos caras, las cuales se reemplazan sin ningún control: la de periodista sin escrúpulos que sólo quiere saber qué hacía Wallace con la heroína, y la de admirador sorprendido y honrado de poder acompañar al hombre de la bandana a hablar de su obra de mil páginas a personas que bien no podrían estar ahí y no haría ninguna diferencia.

La dimensión de 'lucha de varones' de la relación, y su solapamiento con la tensión de la relación paternal y alternada que asumen Wallace y Lipsky, es evidente cuando el primero le presenta dos mujeres al segundo: una de las mujeres es una fan que se ha convertido en 'asidua' de Wallace -no queda claro si tienen una relación carnal o no-. La segunda es colega de la época en que el ahora célebre escritor hacía estudios de posgrado. Lipsky entiende el primer mensaje de Wallace: hay algo con la fan, pero no con la amiga de los posgrados. A partir de entonces, Lipsky flirtea con ella reiteradamente. Cuando Wallace lo percibe, se muestra molesto, pero al comienzo no expresa objeción alguna. Es sólo cuando Lipsky intercambia direcciones postales con la chica de los posgrados que Wallace lo intercepta en la cocina de su casa en una de las escenas mas impresionantes de la película. La breve charla entre ambos, al igual que toda la pelicula, tiene más capas que una lasagna: primero que nada, es una defensa del territorio. "Es mi amiga, está fuera de lo que te corresponde". Pero también es un llamamiento moral -algo extraño viniendo de Wallace-: Lipsky tiene una novia que lo espera en su ciudad natal, y ya le ha confesado a Wallace que en el pasado ha querido ponerla bastante, y que en el presente eso no parece haber cambiado. Esto es precisamente lo que el hombre de la bandana le espeta a Lipsky: "¿Qué estás haciendo? Alguien te espera en casa". El llamamiento moral no es sagrado, sin embargo: no viene de un decálogo grabado en arcilla bajadas del cielo por un barbudo esquizofrénico. Contrariamente, es muy mundano, y se pronuncia con un tono de extrañamiento paterno. Wallace, que en muchos aspectos no es más que un adolescente disfuncional, arrincona a Lipsky, igualmente disfuncional, contra la heladera de su cocina y le habla como amigo, como varón y como padre. Todos los encontronazos que tendrán Lipsky y Wallace durante la película le arrancan lágrimas al primero, quien claramente permite que Wallace se le meta bajo la piel. El tipo peculiar de relación que Lipsky adopta con Wallace es aún más clara en una escena anterior. Nuestro hombre de la bandana insta a que el periodista llame a su novia -que aprecia más la prosa de Wallace que la de su propia pareja- y le permita hablar con él. Wallace habla con la pareja de Lipsky durante media hora, en un acto que no parece tan seductor como sarcástico y muy propio de la perspectiva de Wallace sobre la vida en general. Sin embargo Lipsky luego le recrimina a su novia de una forma visiblemente celosa preguntándole qué es lo que acaba de hacer.


Finalmente, y de todos los otros temas que la película plantea usando la relación de ambos como excusa, el eje transversal de la cuestión y del vínculo entre Wallace y Lipsky parece ser la maduración. Concretamente, la película es una crónica apabullantemente bella sobre los cortocircuitos producidos en el proceso que resulta del encuentro de dos personas que, en distintos niveles y contextos, temen volverse lo que están llamados a ser -lo que ellos consideran que pueden y deben ser-. Siendo violentamente reduccionista, podría decirse que la película es un retrato del fuerte encuentro y desencuentro de dos anormales que desean precisamente lo que tienen al alcance de las manos (fama, mujeres, compañía, incluso libertad) pero que temen alcanzarlo. Algo así como una narración de las causas y más que nada las consecuencias de ese movimiento temeroso y dubitativo hacia las metas propias más viscerales y personales. Las memorias que Lipsky escribió y publicó en 2010 sobre todo este episodio, y que da pie a la película, se titularon precisamente "Although Of Course You End Up Becoming Yourself": algo que se traduce al español como "Aunque, por supuesto, te terminas convirtiendo en tí mismo". Esto, que puede leerse como un lamento irónico o como una redención inevitable, destila algunas de las emociones que como ser humano uno no puede evitar contraer durante la película: incomodidad ante los primeros contactos entre un Wallace tranquilo pero a la defensiva y un Lipsky infantil e invasivo; desconcierto ante las primeras conversaciones francamente inconexas entre ambos; una progresiva calma cuando uno como espectador siente que los dos robots que antes protagonizaban la película han depuesto sus armas y se muestran más humanos y frágiles; sorpresa cuando los personajes rompen sus respectivos guiones, y por supuesto la intensa identificación con alguno de los protagonistas, si no con ambos, que en definitiva no son más que dos caras de la misma moneda.

Sobreviene hacia el final de la película el inevitable climax, donde se juegan el gran premio todas las peliculas independientes y que, como esta, apelan a la emoción y a la conexión con personajes bizarros pero aún así humanos y reales. Sabemos desde la primer escena de la película que Wallace se suicida en 2008, colgándose de una viga de su casa, y que es esto lo que provoca que Lipsky busque y desempolve los cassettes grabados en el tour, los introduzca en su vieja casetera, y suelte como con horror y miedo el aparato cuando al darle play la voz de Wallace sale por el auricular. Esa sorpresa emocionada de Lipsky, al igual toda la película, se explica de forma retrospectiva, cuando entendemos cómo ha cerrado su relación con Wallace; con qué lo ha sorprendido este justo antes de que ambos se despidan. Aún si han existido altibajos, los cinco días se han desarrollado de una forma bastante uniforme: tedio, cansancio, timidez, desinterés, choque de egos, fascinación. Subsiste entre Lipsky y Wallace -como también en el espectador- la impresión de que ninguno se ha abierto de forma total; que ninguno ha mostrado su faz más personal y humana, y que después de todo la cuestión ha sido un trámite donde un periodista aumenta su exposición y fama a expensas de otro escritor al que tampoco le viene mal la prensa. Sin embargo, dos cuestiones, una principal y una accesoria, ambas tan simples como efectivas, rompen la inercia: Wallace le confiesa a Lipsky que baila swin -o un género contemporáneo similar- en una iglesia baptista. Dice, como con verguenza, que le gusta bailar. Lipsky está impávido: no puede creerlo. No imagina bailando y riendo a ese hombre enorme y apático que tiene en frente y que estuvo a su lado durante cinco días diciéndose y desdiciéndose sobre la televisión, la música, la fama, la humanidad. James Ponsoldt, el director de la obra, sabe cómo encajar un gancho en el estómago, y a la perplejidad e impavidez de Lipsky -que a esta altura es también la del espectador- le responde con la última toma en la que Wallace aparece en la película: con 'The Big Ship' de Brian Eno de fondo, y en cámara lenta, Wallace aparece bailando feliz y despreocupado, de una forma que da tanta verguenza ajena como ganas de llorar, puesto que nosotros hemos sido testigos de la prisión que parece haberse autoimpuesto en su epopeya por atender y no atender al llamado de 'ser escritor'. Lipsky, por su parte, ha tenido su momento equivalente: en cuanto Wallace sale de la casa para sacar el hielo que se ha acumulado sobre los autos, el periodista recorre frenética y cómicamente la casa de Wallace narrando desesperado al grabador cada cosa que ve -una frase religiosa pegada en el baño, un poster, los perros-, como si, conciente de que el tiempo va a ser inclemente con sus recuerdos, tuviera unos pocos minutos disponibles para registrar cada cosa de ese, el lugar que él ha elegido sea su objeto de adoración.

Wallace baila sin pudor, de una forma muy humana. Lipsky corre nervioso por la casa y hace una crónica rápida del entorno de Wallace. Es una metáfora de lo que ambos protagonistas reconocen en cierto momento de la película: que Wallace ya ha llegado a donde suponía que quería llegar pero aún no ha llegado realmente, o no del todo, o no era lo que realmente quería, y que Lipsky está intentando llegar a donde Wallace ya ha llegado. Wallace parece bailar en el contexto del sinsentido y del absurdo que pregna su perspectiva de las cosas: no queda claro si lo hace como forma de avanzar en ese 'convertirse en uno mismo', o como forma de acompañar el hecho de que esa es una empresa imposible, y por tanto doblemente absurda. Lipsky, fiel a su obsesión, registra sus alrededores con o sin consciencia de que eso en algún momento no importará (quizá eso es precisamente lo que entiende al inicio de la película, cuando se entera que Wallace se ha suicidado). Ambas imágenes son frenéticas: inducen impresión de cinética, de movimiento, de prisa. En ambas, nuestros protagonistas son auténticamente felices. Si esa felicidad es duradera, o si el suicido de Wallace y el ambivalente presente de Lipsky son contrapuntos amargos que cierran ese 'final del tour' que en definitiva es la vida de ambos, es una conclusión que el propio espectador debe extraer. Con todo, es seguro que la película transmite una idea tan intensa como paradójicamente esperanzadora: lo absurdo e inconexo de la existencia no resta valor o dignidad al aparentemente inexorable destino que nos forjamos constantemente.